HERRALDE
“No mames, ahí está Herralde”, dije excitado a mitad del pasillo. Después de una jornada intensa donde abundaron los libros pero escaseó el dinero para comprarlos, Luis y yo dirigimos a la planta alta, para ver algunas presentaciones.
“¿Dónde, dónde?”
“Ahí junto a Fabio Morábito”.
Luis entrecerró los ojos para enfocar bien el objetivo.
“¿Servirá de algo saber cómo es Fabio Morábito?”, preguntó.
Tuve que echar mano de mi dedo flamígero para ubicar al editor de Anagrama.
“Dile que tienes una novela…”, sugerí, en particular porque una novela es la clase de cosas que todos los escritores han intentado alguna vez en su vida, como la edición independiente o el periodismo.
Luis no respondió.
“…porque ¿tienes una novela, verdad?”
“Si Herralde me dijera: ‘Mándame pasado mañana tu novela’ ten por seguro que no sé cómo chingaos le hago pero tendría una novela”.
Dimos algunos pasos hasta que tuve un arrebato de pudor, de un tipo de recato que no sentía desde la secundaria:
“No, no, esto está mal. ¿Qué le vamos a decir? Hay que llegar con un plan”
“Calma, señor Huchín, calma, déjemelo usted a mí”.
Me mantuve a cierta distancia. Luis dio dos pasos y le tocó el hombro a Herralde.
“Qué tal Jorge, ¿estás esperando a alguien?”
“Sí”, contestó el editor, sorprendido de nuestra presencia.
“Pues ya llegué”.
Nadie rió. Herralde lanzó esa mirada de quien ha recibido malas noticias de su próstata; Morábito prefirió volver la vista a una edecán que sostenía, de cabeza, su último libro.
Después de algunos segundos incómodos, Luis ya no supo cómo conducir la plática al hecho de que nos dedicábamos a escribir y terminó diciendo que o bien, él tenía una novela o bien, que yo tenía una novela que debería encabezar la colección verde de la editorial.
Herralde no quiso indagar mucho, le pidió su nombre completo, con el mismo tono con que un prefecto llena una boleta de suspensión.
Luis tosió en su mano y dijo:
“Eduardo Huchín Sosa”.
Por la cara que puso Herralde me convenía aclarar ese punto, pero un amigo que pasaba me reconoció y abrazó en ese preciso instante.
Herralde sacó una libreta de pasta negra y hojas tan aterradoramente oscuras que cuando la abrió el pasillo se volvió más opaco.
“Ay Dios, un bajón de corriente”, dijo mi amigo.
El editor de Anagrama apuntó con tinta plateada lo que supuse era mi nombre.
Después cerró la libreta y entró junto a Morábito a la presentación.
El pasillo se iluminó de nuevo, pero ni Luis ni yo dejamos de ser opacos.













Verídico. Yo lo vi todo desde una esquinita.
Que mala onda…bueno, mala y buena a la vez. Está medio denso encontrarse a alguien así, lástima de la experiencia, aunque si es chistosona la anécdota.
Saludos!
P.D. sigues en Gdl?
me acordé de esa película de Woody Allen donde se ve borroso casi todo el tiempo, “Dec”#$%(comoseaqueseescriba)#$% Harry” y fue muy gracioso.
ChicoKC: ya volví a Puebla, en realidad fue casi una aparición lo mío en la FIL.
Federico: Yep, la película se llama “Deconstructing Harry” y es exactamente lo que nos pasó.
Vaya!
Y Herralde ya sabe quién será su nuevo protegido
Así es, Laura, Herralde me va a proteger del éxito y del prestigio -esa dupla de maldiciones para el escritor- condenándome al siempre santo anonimato.
Por lo menos no le diste un beso en la boca. Esa hubiera sido la primera reacción de Pepe al ver a alguien famoso.
¿quien es Herralde?
En la feria del libro de Santiago, hace unos años, diez o veinte escritores (las versiones varian) esperaron a Herralde a la salida de una conferencia para entregarle sus manuscritos. Herralde no podía con tanto legajo en la mano, y tuvo que pedirle ayuda a un colaborador para llevarse consigo todas las esperanzas de aquellos optimistas escritores chilenos, que no paraban de acosarlo, lo seguian mientras todos a la vez le hablaban de sus meritos como narradores, mientras Herralde, a la carrera, iba dejando caer uno y otro manuscrito duranter su fuga, dejandolos en el camino como las miguitas de pan en el cuento de Hansel y Gretel.