Dejar un comentario

Archivado bajo Cuaderno de usos múltiples

Aquí también se habla de libros

Es bien sabido que una de las cosas que no debería hacer en la vida es reseñar libros. Sucede, sin embargo, que tampoco me considero apto para alguna otra labor y no por falta de carácter: en realidad, no tengo ni el talento de mamá para la sastrería, ni el de mi hermana Martha para la educación ni el de mi hermana Estephanía para la cocina. De entre todas las cosas que podría echar a perder –tu ropa, tus hijos o tu comida- prefiero aventurarme a estropear tus lecturas. Puedes dejar el libro a medio leer o revenderlo o regalárselo al próximo cumpleañero del taller literario, pero no puedes hacer ese tipo de cosas con un plato de Chop Suey recién servido. Es más, existe la enorme posibilidad de que no abras ninguno de los siguientes links o que evites comprar alguno de estos títulos y eso no me quitará el sueño. De entre todos los placeres humanos, la recomendación de libros es uno de los pocos que no causan traumas cuando no son correspondidos.

En Letras Libres han sido lo bastante generosos como para no hacerme participar en el dossier acerca de su pleito con La Jornada. Y bueno, también porque me han dado un espacio para hablar de libros. De Sabina Berman, he comentado La mujer que buceó dentro del corazón del mundo, la historia de una chica autista que pone de cabeza a la industria atunera. De Nadia Villafuerte, su debut novelístico Por el lado salvaje, en donde he advertido una reflexión sobre la fotografía y la representación mucho más relevante que su publicitada sordidez. Tampoco he perdido la oportunidad de hablar de un narrador prácticamente desconocido en nuestra lengua: JJ Slauerhoff, cuyos relatos contenidos en Espuma y ceniza me han revelado a un espíritu marinero, a lo Conrad, de lúcida amargura.

Para el sitio mascultura he escrito algunas breves notas: primero sobre El mapa y el territorio, esa extraordinaria novela de Michel Houellebecq, que seguramente ustedes ya leyeron, porque ahora resulta que toda mi generación ya leía a Houellebecq antes  de cumplir los 25 o antes de descubrir el sexo, lo que haya sucedido primero.  Tampoco he tenido asquito por los best-séllers, pues he querido comprender por qué últimamente no puede salir un libro que hable de un crimen en un país cubierto por la nieve sin que eso produzca tirajes obscenos. Tras leer Las alas del dinosaurio de Sissel Jo Gazan y Crimen en directo de Camilla Lackberg, algo me queda claro: las chicas guapas saben vender.

Y por ahora es todo. Seguiremos informando.

1 comentario

Archivado bajo Leer para vivir

A quien corresponda

Por GABRIEL ZAID

País sumamente desarrollado, con una literatura en plena expansión, solicita:

CRÍTICO LITERARIO IDEAL

1) Doctorado en letras, con estudios en el extranjero, pero al mismo tiempo autor de estupendos libros de poesía, novela y teatro, que en lo sucesivo renuncie a escribir: para que no se diga que es un escritor fracasado metido a crítico, o un profesor sin experiencia literaria, o un escritor que hace crítica de aficionado, o que es juez y parte.

2) Al tanto de la historia y de la calidad de todas las literaturas importantes, en el idioma original y con no más de una semana de retraso, cuando se trate de libros publicados en Nueva York, Londres o París, para que en este contexto sepa valorar debidamente la valiosa producción hispanoamericana y en particular de la Colonia Juárez, Colonia Cuauhtémoc, Mixcoac, San Ángel, Zapotlán, Tuxtla y otros importantes focos de literatura mundial.

3) Sencillo, nada “apretado”: que reciba visitas interminables de jóvenes que necesitan estímulo, y conteste todas las invitaciones a ciclos y conferencias, cocteles, cafés y celebraciones, y sobre todo, que después de todo esto escriba abundantemente no sólo sobre cada libro que se publique, sino sobre cada cuento o poema que se publique en revistas, y hasta las reseñas de esas  revistas que aparecen en otras revistas, porque toda publicación representa un esfuerzo en pro de la cultura, que debe estimularse.

4) Certero, profundo, original, inteligente: con ese análisis riguroso que hace ver que todos valen y que en todas las obras hay algo digno de elogio.

5) De una integridad a toda prueba: que no se deje sobornar directa o indirectamente por editores, autores consagrados, consignas de izquierda o de derecha, funcionarios públicos o privados con pretensiones literarias, ni siquiera por la amistad o la conmiseración. Que no trabaje para el gobierno, ni para los ricos, ni para los extranjeros, ni para partidos, ni para nadie conectado con el medio literario. En suma, que no tenga amigos o conocidos que escriban, y que tenga una total independencia económica, sin la cual no hay ninguna otra cosa.

6) Lo ideal, por tanto, sería un huerfanito, sin compromisos de ningún tipo, con un talento de lector prodigio y una inteligencia crítica excepcional, que habiendo iniciado una brillante carrera literaria, recibiese de pronto una herencia fabulosa y sin ataduras de un tío abuelo desconocido y que en ese momento renunciase a escribir su propia obra para ocuparse de estimular a los demás. Los jóvenes necesitan estímulo porque están empezando. Los consagrados porque nadie atiende su obra. Los mediocres porque… pobrecitos, ¿no?

7) Amor: este país apenas destetado, suspira todavía por grandes cantidades de amor. Desinterés: este país, cuyo producto nacional está entre los veinte mayores del mundo, no puede pagar un crítico literario ideal a tiempo completo, ni sus materiales y horas extras, pero anima a todo joven con un talento excepcional, íntegro, trabajador, desinteresado, para que, si sabe de algún tío abuelo desconocido y rico a punto de morir, no desaproveche la oportunidad de servir a este país maravilloso, en el cual, como se sabe, ya hay todo, menos crítica.

 

Cómo leer en bicicleta. México, Joaquín Mortiz, 1975.

3 comentarios

Archivado bajo Caza de citas, Leer para vivir

Tesis, página 2

 

Querido sinodal:

Si acabas de escoger esta tesis, todavía estás a tiempo de dejarla. He de advertirte que en estas páginas no encontrarás conceptos como “Narrador extradiegético”, “Programa narrativo” o “Carnavalización según lo entendía Bajtín”. Tampoco hallarás nombres como Ricoeur o Barthes. Es una tesis a la que le falta mucho Derrida y Lacan. Y para colmo de males, ni siquiera tiene notas a pie.

Sin embargo, a cambio de todas esas omisiones, es un trabajo donde las palabras “humor negro”, “violencia”, “suspensión de la moralidad” aparecen muchas, demasiadas, veces. Donde hay citas de Pirandello, Chesterton y Buster Keaton. Donde se habla de Ricky Gervais. Siento tener que confesarlo, pero en lugar del Modelo de Bremond, sólo tengo  un dibujo hecho en Word, al que he denominado Diagrama del Desplazamiento Humorístico, cuya descripción vendría a ser la de un cuadrado dentro de un cuadrado dentro de un cuadrado.

A decir verdad, los cuentos analizados en esta terrible tesis hablan de la cruenta guerra entre los inquilinos de dos edificios vecinos, de un tipo que se nombra a sí mismo investigador privado, de gente obsesionada con la manera en que habrá de morir, de un académico mexicano al que su padre circuncidó con una navaja suiza y de la Creación del Mundo por parte de Dios.

Yo he prometido al Conacyt hablar del humor negro en las historias de Francisco Hinojosa -y ya entrados en el tema, no he podido dejar de lado a Swift, a Taine, a Cicerón, a Freud y a los surrealistas-, pero tú no te has comprometido a nada (todavía), así que si prefieres investigaciones más reconfortantes, no dudes en elegir otra lectura.

 

Con todo mi respeto,
Eduardo Huchín Sosa.

11 comentarios

Archivado bajo Cuaderno de usos múltiples, Leer para vivir

“Heartbreaker”, Led Zeppelin

d


Por NICK HORNBY

La interpretación tradicional de los jóvenes y su afición por el heavy metal (o el nu-, o el rap) incluye las guitarras como sustitutos del pene, el homoerotismo, y toda suerte de cosas que son signo de perversidad, confusión sexual y neurosis enfermizas y sin tratamiento. Es verdad que pasé un breve periodo de enamoramiento (no correspondido) del guitarrista irlandés de blues-rock Rory Gallagher; y es verdad que durante los primeros tres o cuatro años de mi vida de fan del rock sólo quería oír cantantes de los que admitirían encantados que comían roedores y/o reptiles. Y aun así sospecho que hay una explicación musical, más que patológica, para mi adhesión juvenil a Zeppelin y a Sabbath y a Deep Purple, básicamente que era incapaz de fiarme de mi juicio sobre una canción.  Como uno de esos adultos pretenciosos pero cortos que no van a ver una película si no tiene subtítulos, no quería oír nada que no estuviera bien envuelto en guitarras eléctricas ruidosas y distorsionadas. ¿Cómo iba a saber si no si la música era buena? Las canciones que tocaban al piano o a la guitarra acústica las personas sin bigotes y sin barbas (chicas, por ejemplo), personas que comían ensaladas en vez de roedores…, bueno, eso tenía que ser música mala intentando hacerme picar. Ésa debía de sr gente que pretendía ser los Beatles pero no lo era. ¿Cómo podría saberlo si todo estaba así de oculto? No, lo mejor era eludir la cuestión de bueno o malo y en vez de eso quedarme con lo ruidoso. Con lo ruidoso no podías equivocarte demasiado.

También ayudaban los títulos. Los títulos de las canciones que no incluían significantes obvios de heavy rock eran como la música sin guitarras ruidosas: alguien podía estar intentando limpiarte el dinero del bolsillo, engañarte para que pensases que era algo que no era. Fíjate en, por ejemplo, Blue, de Joni Mitchell. Bueno, pues yo lo hice, con fuerza, y no me fiaba. Era fácil imaginarse una canción mala titulada “My Old Man” (y sobre todo porque a mi padre le gustaba una canción titulada “My Old Man’s a Dustman”) o “Little Green” (y no poco porque a mi padre le gustaba una canción titulada “Little Green Apples”); y bien sabe Dios que era imposible decir si el disco era bueno oyendo aquella jodida cosa. Pero las canciones del álbum de Black Sabbath Paranoid, por ejemplo, eran sólidas, fiables, indicaban de inmediato su calidad. ¿Cómo podría haber una canción mala que se llamase “Iron man” o “War Pigs” o –eso ya colmaba mi copa- “Rat salad”?

Así que, para mí, aprender a disfrutar de canciones más tranquilas –canciones country, soul y folk, baladas interpretadas por mujeres y tocadas al piano o a la viola o cualquier maldita cosa, canciones con armonías y títulos como “Carey” (porque, ¿a quién que tenga un par de oídos que le funcionen no le encanta Blue?)- no tiene que ver con hacerme mayor, sino con la adquisición de confianza musical, capacidad para juzgar por mí mismo. Parece a veces que, con cada año que pasaba, se me iba quitando una capa de guitarra estruendosa, hasta que finalmente alcancé la fase en la que puedo, espero, distinguir una buena canción de George Jones de una mala. Las canciones así desnudas, sin una puntada de Stratocaster en ellas, dan miedo: tienes que entenderlas por ti mismo.

Y luego, una vez que eres capaz de esto, te vuelves tan perezoso y tienes tanto miedo de tu propia capacidad de juicio como a los catorce años. ¿Cómo puedes saber si un CD es bueno o no? Busca pruebas de un buen gusto tranquilo, ésa es la forma. Busca una carátula muy formal en blanco y negro, indicios firmes de violas, tal vez la aparición especial de alguien con clase, algún título irónico en las canciones, una pegatina con una cita sacada de una crítica en Mojo o en algún periódico serio, tal vez un par de referencias en algún lado a la literatura o al cine y, naturalmente, dejar por completo de escuchar música que toquen unos tipos gritones, con pantalones de cuero y pelambre alborotada.  Porque, ¿cómo se supone que vas a saber si es bueno o no, si lo tocan de modo tan estridente unas personas con un aspecto tan hostil a la estética de la modernidad sobreentendida?

En algún momento de estos últimos años, descubrí que mi dieta musical tenía pocos hidratos de carbono, y que el riff de rock es esencial para la nutrición, especialmente en los coches y n las giras de presentación de libros, cuando necesitas algo rápido y barato que te ayude a pasar un día muy largo. Nirvana, The Bends y The Chemical Brothers volvieron a estimular mi apetito, pero solo Led Zeppelin consiguió satisfacerlo; de hecho, si alguna vez tuviera que tararear un riff de heavy metal a algún extraño desconcertado, elegiría el del “Heartbreaker” de Led Zeppelin 2. No estoy seguro de que si me pusiera a hacer “DANG DANG DANG DANG DA-DA-DANG, DA-DA-DA-DA-DA-DA  DANG DANG DA-DA-DANG” le ilustraría especialmente, pero sentiría que había hecho lo mejor que me permitirían las circunstancias. Incluso escrito de este modo (aunque con ayuda de las mayúsculas) me parece que esa potencia gloriosa e imbécil del tema se transmite sin ambigüedades, eficazmente. Léalo otra vez. ¿Lo ve? Tiene ritmo.

Lo que más me gusta de haber redescubierto a Led Zeppelin –y de escuchar The Chemical Brothers y a The Bends- es que ya no pueden estar confortablemente acomodados en mi vida. Hoy mucho de lo que consumimos cuando nos hacemos mayores tiene que ver con acomodarse: tengo hijos, vecinos, y una pareja que sería completamente feliz sino oyera otro riff de heavy metal ni otro golpe a ritmo de rock en su vida; tengo menos tiempo, menos tolerancia para los coñazos, más interés por el buen gusto, más confianza en mi propio juicio. La cultura con la que me rodeo es reflejo de mi personalidad y de las circunstancias de mi vida, que en parte es como debe ser. Durante el aprendizaje de esto, sin embargo, hay cosa que se pierden, también, y una de las cosas que se perdieron –junto con el gusto por, no sé, los dramas de hospital sobre niños enfermos y el cine experimental- fue Jimmy Page. El ruido que hace ya no es lo que yo soy, aunque sigue siendo un ruido que merece escucharse; es también un recordatorio de que intentar crecer con inteligencia tiene un coste.

31 canciones. Barcelona, Anagrama, 2003.

1 comentario

Archivado bajo Caza de citas

Las 3 edades del rock


d

1. Vejez

Cuando llegué al concierto de Austin TV, la mayoría de los asistentes pensaba que yo era un papá que había acudido a buscar a su hija emo. El policía de la entrada me trató de “usted” y ni siquiera osó poner sus manos sobre mis perneras. Con la barba sin afeitar y el cuello de la camisa asomándose por el abrigo, más bien parecía un profesor universitario de esos que incitan a sus alumnos a su primer porro. Pudo haber sido el peor día de mi vida, pero por fortuna no tuve mejor compañía que dos amigos de mi edad: Miguel parecía un guardabosques; Fernando, un precandidato que con desesperación busca una frente arrugada que besar.

Ni qué decir del golpe emocional que representó ver a un auditorio que apenas estaba naciendo en el mismo año en que yo descubrí a Guns N‘ Roses (y de paso, el heavy metal, y de paso toda la música hecha con guitarras eléctricas). Para el fan rockero como para el futbolista, la vida es otra al avizorarse la tercera década. Al ver a tanto adolescente brincando a ritmo de Austin hice mía la confesión de Juan Villoro: “Nunca fui más viejo que cuando tuve 30”.

Cada uno de mis amigos tuvo su propia epifanía de la crisis de la edad, sobre todo en el slam, cuyos 4 minutos nos cansaron como si acabáramos de correr los 400 de relevos. “No mames, por error le toqué los pechos a una chava”, dijo Omar. En su mirada se encendía el terror de quien puede ser en cualquier momento acusado de un abuso.

La convocatoria de Austin –un público hecho a base de Internet, principalmente y que vino contra todo pronóstico a escuchar un concierto instrumental de principio a fin- me hizo recordar las épocas en que los únicos grupos de rock que llegaban a la ciudad tenían cantantes que gruñían como manada de rottweilers (en esos tiempos ser rockero era escuchar bandas de nombres impronunciables y logotipos ilegibles). Los años pasaron y esos metaleros de cabelleras largas como el sargazo se habían vuelto baptistas o reporteros, y todo el tiempo me los topaba porque querían convertirme a la fe, o en el peor de los casos, hacerme preguntas para un sondeo. Pese a ello, a veces se dejaban aparecer en conciertos de cualquier tipo para revivir el éxtasis de un amplificador Marshall bien microfoneado.

“Ya somos unos viejos”, me abordó Sandro Sosa, uno de esos rockeros de antaño que ahora alcanzaba los 28 años y cuyo mayor logro había sido tocar el solo de “One” con una secadora de estilista. “Ve a estos niños, qué saben ellos de Zeppelin, de Sabbath, de aquel Sepultura de Chaos A. D.” Lo miré no sin asombro: Sandro había logrado sonar a su papá -el ingeniero Sosa- cuando decía que la mejor selección había sido la del “Halcón” Peña.

Me concentré en lo que sucedía entre Austin y sus fans, enardecidos por la melodía, incapaces de seguir las piezas con la voz (esa forma a veces fácil de alimentar el furor). Me agradó no conocer ninguna de sus canciones: era experimentar el éxtasis de la primera vez.

d

2. Madurez

La mejor definición de aquel concierto de Coda, que se dio una semana después del de Austin TV, la dio David, un ex compañero de la secundaria, a quien ni siquiera le gustaba el rock:

“Sólo vine porque de seguro voy a ver a toda la generación de los maristas”.

No se equivocó. Ahí estaban Menandro (que acostumbraba a tirar cubos de metal en los cubículos del baño, siempre y cuando éstos se encontraran ocupados), Quiñones (para mi sorpresa ya no estaba cumpliendo aquella condena por robo violento) o Gordolobo (de quien recibí hace años unas fotos donde supuestamente salía borracho, desnudo y junto a un ex maestro, pero nunca quise abrir ese mail).

De dónde les surgió el gusto a todos por Coda nunca lo sabré. Yo conocía a la agrupación porque Waldo no dejaba de cantar “Sin ti no sé continuar” mientras te tiraba las tapas de hule de su mesabanco y porque Fernando hacía el característico cabeceo tembloroso de Chava cuando llegaba a la parte de “No sé si piensas en mí, como yo en ti, me haces tanta falta”.

Puedo apostar que la inmensa mayoría de los asistentes vio en Coda una oportunidad de recuperar el pasado de alguna forma. Era como ir con el sicoanalista a desenredar el subconsciente, a explicar los motivos por los cuales terminamos siendo lo que esa noche éramos. No se trataba de un grupo muy popular (el resto de mis amigos menores de 25 años apenas los conocían o los conocían por una canción: “Aún”) ni tampoco eran material de eruditos. Creo que por eso su presentación resultó exitosa: definían a mi generación. Es decir, le interesaba sólo a mi generación.

Por otro lado, no había mucho que desentrañar. Casi todo mi grupo de amigos acabó borracho, como solía pasar en las excursiones, pero verlos a todos tan parecidos a los que siempre quisieron ser (excepto Khalil que nunca pretendió pasar tres años de su vida fotocopiando facturas y credenciales de elector) me produjo un sentido de legitimación de la edad que no dejé de saltar toda la noche.

Después de la última canción (Coda repitió “Aún”, quizás para sentirse unánimamente acompañado), caí en cuenta que las había coreado casi todas. Eso me agradó: fue experimentar el éxtasis de quien descubre que puede recordar.

d

3. Adolescencia

La peor imagen del concierto de Alex Lora en la Plaza de la República, cuatro días después del de Coda, fue verlo besar a Chela Lora durante el interludio de “Triste canción”. Fue un contacto largo, insoportable, como un insomnio.

Alex Lora es un rockero viejo que, como todos aquellos jubilados que te preceden en la fila del cajero, nos pide demasiadas consideraciones.  Su música se ha deteriorado con el uso e incluso sus éxitos suenan mejor en disco que en vivo, sin embargo, Lora es dueño de un puñado de himnos ineludibles que siguen impulsando a fans y no fans a llenar sus conciertos. Por eso no me puedo quejar: como en esos partidos mediocres de la Selección, no fui exclusivamente por El Tri, sino a escuchar a miles de gargantas acompañar al Tri.

Debido al amontonamiento sólo puedo llegar hasta el área del ingeniero de audio, donde un buen número de funcionarios públicos y gente que ronda los cuarenta ha buscado un oasis. El líder de la fracción parlamentaria del PAN salta con evidente entusiasmo hasta que se da cuenta de las miradas ajenas y finge que sus saltos son para buscar a un conocido entre la multitud. Por un momento, las personas que me rodean se olvidan de su edad. Un famoso dirigente de izquierda pasa apoyado en su esposa y sus dos hijos, quienes miran con vergüenza el estado inconveniente de su padre (el venerable hombre se ha dedicado a mostrar el dedo medio a todo el mundo). Cientos de personas trajeron a sus pequeños: fue una especie de iniciación a los territorios del rock and roll, o un viaje a la década en donde nadie tenía pensado en reproducirse. Era como decirles: este es el mundo que existía antes de que tú existieras.

Me veo -los veo- cantando “ADO”, “Santa Martha”, “Nunca digas que no”. La insistencia de los grupos de antro para tocar al Tri ha provocado que uno se desensibilice respecto a cómo debería sonar el Tri auténtico y Alex Lora y su banda tampoco han hecho mucho para marcar esa diferencia.  No obstante, tengo pocas cosas que reclamar porque algo más allá de la ejecución y la interpretación define la música. Es como esas películas muy básicas que finalmente nos conmueven y no sabemos por qué. Como si algo traspasara las virtudes evidentes del arte y nos tocara, y por eso no podemos explicar por qué nos gustan. Creo que es una de las constancias de Lora: te sabes sus canciones porque dicen algo que las demás canciones ya dejaron de decir y no alcanzaste a escuchar en el resto de la música que marcó tu vida.

Me agradó el éxtasis de saberme todas las canciones y pedir a gritos muchas más de las que podía haber interpretado.

Lora no triunfó musicalmente; lo hizo biográficamente.

Por eso tuvo todas las de ganar.

5 comentarios

Archivado bajo Campeche: instrucciones de uso

Y en medio de nosotros…

En los momentos más estresantes de posgrado en Literatura me daba por tomar la guitarra, e intentar ponerle música a alguno de los poemas que venían en nuestras antologías. Por supuesto que, dos años más tarde, aún tengo dificultades con hacer que Díaz Mirón o José Juan Tablada parezcan letristas auténticos de big band o heavy metal, pero algo pude hacer con Acuña, Garcilaso, Cervantes, Bécquer y Quevedo. En este primer corte –al que tendrán que disculpar la terrible voz con que interpreto al buen Manuel- bluseo el “Nocturno a Rosario” y, por supuesto, no desaprovecho la oportunidad de incluir una nómina de autores decimonónicos.


Dice el interludio:

♫ Manuel Carpio, el Nigromante y Andrés Quintana Roo,

Joaquín Pesado, M. Flores y Fernando Calderón,

Guillermo Prieto, Lacunza y Rodríguez Galván,

Altamirano y Acuña y la Academia de Letrán,

el conde de la Cortina y también Juan de Dios Peza,

Isabel Prieto, Lafragua y Laura Méndez de Cuenca. ♪

Para escuchar el “Blues de Rosario” clickea AQUÍ.

6 comentarios

Archivado bajo Cuaderno de usos múltiples

Nada es real excepto la música


1.

ERIC DESCUBRIÓ que había llegado a su completa madurez cuando no pudo recordar a qué sonaba Transmetal. Aquella mañana vio el cartel de la banda en un aparador y las rojas letras puntiagudas sobre el fondo negro lo devolvieron a una época donde todas las mujeres eran irreales, las matemáticas imposibles y existía un programa llamado Headbangers.  ¿Qué notas le hacían mover su larga cabellera de ese entonces?, se preguntó mientras iba rumbo a su trabajo. Podía mencionar decenas de bandas, cientos de títulos de canciones, pero la música se le había esfumado en alguna parte de su nostalgia; de pronto, como si se encontrara ante un diagnóstico de Alzheimer, tuvo que reconocer que la vida se le estaba haciendo sólo de palabras. “No sé qué me pasa”, fue su último dictamen antes de extrañar aquella vieja caja de casetes que había tirado su mamá. “Tengo más posibilidades de recordar a Ace of Base, que la música que en realidad disfrutaba”.
d

2.

“ES SUFICIENTE que un grupo de rock se vuelva famoso para que deje de gustarme”, había sentenciado Juan Manuel antes de que el álbum Versus de su ex grupo favorito, Pearl Jam, vendiera un millón de copias en una semana. En su momento de mayor felicidad, a principios de la década de los noventa, JM despreció a sus convencionales vecinos que escuchaban artistas prefabricados y más de las veces sintió que la auténtica tristeza no estaba al alcance de las masas. “La música verdadera es como el aire puro, así de vital; por desgracia a la mayoría de la gente sólo le interesa el aire acondicionado”, afirmó en una metáfora tan afortunada que llegó a mencionarla decenas de veces durante las reuniones. El tiempo pasó y casi sin darse cuenta, JM llegó a los treinta y dos años, con un hijo pequeño, un empleo mal pagado y una mujer incapaz de escuchar una canción de Luis Miguel sin ponerse surrealista. “La gente necesita aire para vivir, no importa si vive en el DF”, fue su explicación -durante el almuerzo- a una pregunta que nadie le había formulado.
d

3.

ADRIÁN TOCABA la batería como una forma de experiencia religiosa, por lo menos desde que descubrió el placer de robar imágenes sacras. Cada tarde, tras practicar aquel redoble que parecía provenir de la Carta a los Tesalonicenses, rezaba por reunir en ese cuarto de ensayo a los doce apóstoles alrededor de un bombo que siempre tuvo la medida conveniente para transportar santos. Nadie descubrió sus cleptomanías hasta que a sus vecinos se les hizo sospechoso ese Simón Pedro tirando perpetuamente su red sobre el balcón. Cuando la policía entró al cuarto, el baterista acababa de ejecutar su canción favorita: “Los dioses ocultos”. “La religión es el opio de los músicos”, sentenció el empleado del Ministerio que lo acompañó a la patrulla, antes de comparar a Adrián con Nelson Ned.
d

4.

“¿Cuántas cosas no hace la gente por culpa de la música?”, cuestionó Alonso durante el decomiso. La lista era larga, pero el agente de la AFI no quiso escucharla completa, aún así incluyera actividades que él mismo realizaba, como silbar, grabar videos de la tele, comprar piratería, usar audífonos durante las conferencias, tamborilear mientras llegaba el mesero, comprar piratería, bajar música de Internet, hacer compilados, cantar en un inglés inexistente, comprar piratería, asistir a los bares karaoke, aprender “Don’t Cry” en la guitarra, emborracharse o sufrir por lo menos un desamor al año.
d

5.

PASTOR ESTABA convencido de que los rockeros ahora necesitaban más diccionarios especializados que los entomólogos. Por eso, fechó su primera humillación musical cuando no supo distinguir el sadocore del epic gothic metal, eso durante una reunión que supuso un diccionario más: el de herbolaria. La música, que para él era una vibración en el intestino, ahora necesitaba de erudición y de vocabularios, algo tan propio de personas que él odiaba como los jazzistas, capaces de formar palabras como “Semicorchea” en los juegos de Scrabble. Por un momento dudó de si no se trataba de puro y vil resentimiento contra un mundo hecho de definiciones y descubrió que en su diccionario íntimo para entender el mundo, la música servía para precisar la realidad. El arrebato de aquel momento, por ejemplo, sólo podía tararearse con aquel primer disco de Korn (no de Pantera, no de Sepultura), cuya traducción nunca entendió del todo.

d

6.

DESDE EL inicio de la fiesta, Lety había tenido una sola pregunta en la cabeza: “¿Cuántas pastillas son necesarias para que la música electrónica me resulte soportable?” Educada en la arcaica idea de que toda canción necesita de melodía, ritmo y armonía (aparentemente en el mismo compás), la joven sicóloga no alcanzaba a comprender la frenética fascinación de sus amigos por las celebraciones “rave”. “La música electrónica es como una mancha de Rorschach”, le explicó a punto de caerse, uno de sus más impetuosos profesores de la facultad. “Significa lo que tú necesites. ¿Ya? Ahora ponle atención a esta pieza y escucha cómo vienen galopando los bárbaros”. En ese momento, casi como una revelación, Leticia concibió los raves como unas enormes pruebas de personalidad y se sintió aliviada. Casi útil.

d

7.

COMO AQUEL fallido disco de Metallica, pensó el joven Jaime, toda la música debería volver a los orígenes. A las cavernas, al tum tum básico y a la imagen de una veintena de hombres de pelo largo que balancean sus cabezas mientras se empujan unos a otros. Habría que retornar a la música como supervivencia. Volver a los gruñidos, porque las letras son una cosa vergonzante de cuya subsistencia depende que los fresas tengan karaokes. Habría que reinventar el estilo directo –ya saben, pum pas, la siguiente rola- y extirpar los instrumentos redundantes –como los de la Sinfónica, a la que Jaime siempre consideró un supermercado lleno de sonidos innecesarios-. El joven pensó si no sería mejor recuperar el éxtasis del principio, y volver a ese latido que a veces tienen los estadios, a eso que llamamos el “ruido de la tribu” o la voz de la hermandad (y que resulta necesario cada que queremos borrar la estúpida conciencia de saberte solo apenas prendes tu iPod).

La música nunca debió haber dejado de ser instinto, dijo. Lo demás, de verdad, pensó o intentó pensar, lo demás podemos ignorarlo.

1 comentario

Archivado bajo Cuaderno de usos múltiples, Un mundo raro

El ensayo en la práctica

Parecería que el ensayo es una buena forma de ejercer la literatura en la vida práctica. Mientras la poesía y la narrativa son géneros a los que vemos aún con romanticismo, se diría que con fe, el ensayo nos mantiene saludables. La novela es esa cosa que se construye poco a poco mientras se practica el ensayo cada semana. La misma relación que existe entre el amor y el sexo. El ensayo es la mejor manera de seguir en la mira pública mientras hacemos a escondidas eso otro que consideramos verdadera literatura.

Posiblemente, el ensayo tenga que ver con sobrevivir, con librar los días carentes de historias o poesía, pero en los cuales hay que convencerse de que uno es escritor. Para esos momentos aciagos siempre podremos recurrir a nuestras lecturas, a someter la realidad al análisis, o a cumplir cualquier encargo con eficiencia. Género a contrarreloj –subordinado como ningún otro a un plazo a punto de vencerse-, el ensayo nos inmiscuye de una vez por todas lo que sucede en el mundo, la literatura y con frecuencia nuestras vidas.

Pocas cosas tan complicadas como hablar de un autor y también pocas cosas tan recurrentes en la vida de quien escribe[1]. Los editores de los suplementos culturales asumen que un ensayista puede ser llamado cada que un escritor hace eso que suelen hacer los escritores: cumplir décadas, sacar un nuevo libro, decir que no escribirán más, ganar el Nobel o en el último de los casos, morirse. Y eso no es lo peor, porque aún después de muertos sus obras seguirán reeditándose y cumpliendo años. ¿Cómo llega uno a una mesa redonda, a un dossier, a un reportaje? Es decir, ¿cómo se mete uno a este negocio?, ¿qué tipo de infancia forma al futuro comentador de la literatura?[2]

El ensayo, hay que decirlo, es un género sin heroísmo. Es decir, en tu currículo nunca aparecerán las amenazas de muerte, porque en cuestión de oficios la amenaza de muerte es lo que separa al escritor de ensayos del periodista. Nadie pide seguridad para un escritor de ensayos porque hasta ahora no conozco al ensayista que viva con el temor de que un ancla le caiga a mitad de una conferencia. No hay peligro, sino apenas miedo de perder algunas cosas prescindibles, como las becas, los amigos o las oportunidades de asistir a más encuentros.

Una paradoja: a pesar de que el ensayo se considera un género narcisista presenta demasiadas desventajas para la vanidad. A menos que te llames George Steiner, nadie te leerá por quien eres sino por el autor de quien hablas. Es aquí cuando hay que bendecir a aquellos tesistas que compran cualquier libro donde aparezca el nombre de “su” autor, pues son como aquellas adolescentes que consumen cualquier chamarra con la firma de Justin Bieber. El ensayista es, a veces, como el vendedor de souvenirs que nos aborda a las afueras del concierto: tazas de Proust, llaveros de Paz, un encendedor para iluminar a Thomas Pynchon. Sus productos dependen en demasía de un nombre famoso para llamar nuestra atención. Los libros de ensayos –salvo por la celebridad que los avale o por algunas palabras clave que los vuelvan rentables: hermenéutica, violencia, precio de saldo- carecen de interés comercial, de emociones para el viaje, de entretenimiento para las salas de espera. Son material para los obsesos, adicciones extra para quienes, de por sí, se consideran ya adictos a la literatura.

Por eso, si eres un autor joven, ten la seguridad de que los ensayos no te servirán para alcanzar el estrellato. Una primera novela deslumbra, un libro de poemas otorga renombre o, al menos, un premio con el cual iniciar una carrera; pero los ensayos son aparatos demasiado útiles para ser vistos como algo más que literatura ancilar. Al igual que los inodoros de Duchamp necesitan un marco que los legitime como arte: la trayectoria del autor, por ejemplo. Su principal función, por lo menos en este país, es servir de ars poetica para los escritores serios, esos que ya demostraron su efectividad en la ficción o la poesía. Porque, además, ¿qué novelista que se respete no siente en algún momento de su vida la necesidad de utilizar el ensayo para establecer su canon personal, revelar su maquinaria creativa, o simplemente para meterse en alguna discusión que lo ponga de nuevo frente a los reflectores?

El altercado. He ahí una alternativa rentable para los escritores jóvenes, a quienes no les cuesta hablar de libros. Como rockeros cada vez más dispuestos al escándalo, el medio literario ha llevado a los nuevos ensayistas a confundir la polémica con una especie de pleito carcelario por correspondencia. Para hacerse un nombre, el ensayista contemporáneo se ha visto obligado a atacar a un puñado de autores reconocidos o pulverizar a las nuevas generaciones, y esperar que alguien de ellos responda. Dado que decapita autores, ayuda a vender libros y consume literatura, el ensayista es al mismo tiempo zeta, dealer y farmacodependiente.

Reconozcamos que, a pesar de este gris panorama, siempre queda abierta la posibilidad de que el ensayista salga del anonimato. Lamentablemente eso sólo acontecerá el día en que incursione en algún género de verdad. La novela, por decir algo. Según estimaciones del INEGI, en México un ensayista a secas tiene 40% más de probabilidades de morir sin ser recordado que cualquier otro tipo de escritor (aunque según esas mismas estadísticas, un poeta tiene 56.7% de probabilidades de no publicar fuera de las ediciones gubernamentales y un narrador aún inédito tiene 78% de posibilidades de ser en realidad un ensayista o un poeta encubierto). Los números parecen decir: no te arriesgues al ensayo a menos que tengas en este momento una novela en el cajón de urgencias de un dictaminador.

Y uno se pregunta ¿por qué la fama, y aún peor: el reconocimiento, le están negados a quien escribe ensayos? En primer lugar, el ensayista no acostumbra a esconderse por dos años y después dar a la imprenta una obra maestra. Siempre anda publicando aquí y allá. Habla de libros en periódicos y revistas y la mayoría de las veces escribe a pedido de un editor[3]. Con ese ritmo de escritura, rara vez el ensayista llega a una obra cumbre y a lo más que aspira es a conformar el material para una antología póstuma que se respete. El ensayo existe precisamente como un certificado perceptible de salud: una suerte de caminata en lugares públicos que corrobora la vitalidad de quien se ha tardado demasiado redactando su siguiente libro. Si hubiera que inventarse de nuevo, sería difícil que el género ensayístico surgiera en nuestros tiempos de una torre de Perigord.

Conscientes de lo anterior: ¿qué interés supone embarcarse en un tipo de literatura que no da lectores, ni groupies, ni riesgos, ni siquiera muchos premios? Aventuro una respuesta: la valía práctica del ensayo se encuentra en su disposición para la estafa. El ensayista es uno de esos impostores que se la pasan engañando universidades, revistas y editoriales, y sale impune de cada uno de esos episodios.  La mejor forma de timar al Conacyt es convertir un ensayo en tesis doctoral, o en caso de que se prefiera ganar el premio “José Vasconcelos” siempre está la posibilidad de convertir la tesis en ensayo. ¿Ser publicado en el periódico, aparecer en revistas, justificar la presencia en un Congreso sobre Literatura? Ensayos, ensayos y más ensayos, traficados a manera de artículos, crítica literaria o ponencias. La maleabilidad de su prosa le otorga al ensayo esa libertad para encajar en una variedad de etiquetas, y dar el paso desenfadado de la revista indexada a la publicación de creación literaria. El ensayo es la moneda de cambio entre la academia, el arte y la lectura de páginas web en horas de trabajo. Nos parece práctico y, cuando viene con la firma de un novelista, hasta literario. No concede ningún estatus, pero ayuda a conservar una reputación (en caso que tuviéramos alguna).

Sin embargo, todavía hay una lectura más, una posibilidad para el género, que es donde me gusta incluirme: la del ensayo como fracaso de escritura. Me explico: a cierta edad uno sólo concibe su vida en formatos épicos: la novela, el poema extenso, el tratado filosófico, el menage a trois. Con el tiempo, con los libros, uno descubre que no tiene otra alternativa más que fracasar a través de los apuntes, el verso en la servilleta, el ensayo literario o la monogamia.

Es decir: el ensayo es eso que queda cuando quisimos hacer otra cosa. Como la biografía. Nos quita tiempo para escribir malas novelas, y un mal ensayo nunca es un desperdicio, porque al menos puede convertirse en algún texto provechoso, digamos la bibliografía de un estudiante universitario. Precisamente, porque se trata de un descalabro que –en el peor de los casos- terminará siendo útil, resulta el marco propicio para el autorretrato, eso que los tradicionalistas aún llaman “el estilo” y que en variadas ocasiones no es sino el memorando de que no pudimos llegar a donde nos habíamos propuesto. El estilo, ha dicho Rodrigo Fresán, es el fantasma de las carencias de cada autor, más que de sus virtudes. Y ya que el estilo algo tiene de resignación, el ensayista aspira a que si va a naufragar que por lo menos quede constancia del hundimiento.  El ensayo es al mismo tiempo desastre y crónica de la tragedia.

Exceso de equipaje en las Obras Completas de los escritores, los ensayos constituyen la condena de lo nunca concluido. De ahí que uno no quiera ser sólo ensayista. El escritor mira a la posteridad y no encuentra la catedral a donde los lectores vayan a rendirle culto. Y se entiende: el autor de ensayos es un urbanista que nos ha entregado una ciudad llena de obras negras. ¿Qué canon tomaría en serio a un tipo así? Máxime si la inmortalidad le da por ignorar todas esas ocasiones en que edificios a medio construir nos han servido para pasar la noche a tanto lector vagabundo, escéptico, desconfiado de la vida y de los libros; y porque la mayoría de las veces, los autores escribimos no pensando en la literatura sino en la historia de la literatura.

El ensayo es una anomalía, una variante de la egolatría que para hablar de sí recurre a escritores superiores. ¿Hay un mejor pretexto que ése? En pocas ocasiones, y he aquí el motivo más solido para escribirlo, malograr la literatura se ha visto simplemente como “hacer literatura”.

PUBLICADO ORIGINALMENTE EN LA REVISTA PUNTO DE PARTIDA.


[1] Escribir sobre escritores es la cosa más complicada del mundo. Los ensayos que hablan de grandes autores son como la ropa diseñada sobre las modelos de Victoria’s Secret. Nos garantizan más miradas, pero corremos el peligro de no añadir nada a lo que todo mundo ya vio. Los cuerpos perfectos como las prosas admirables tienen un problema: son propensos a las obviedades. Sí, diseñar para Giselle Bündchen o escribir sobre Tolstoi es fabuloso porque la gente se arremolinará alrededor de la pasarela o la revista, pero ¿cuántos de esos lectores verán nuestra creatividad separada de lo que Tolstoi y Bunchen ya son en sí? Son pocos los diseñadores que pueden sobresalir a una constelación de brasileñas, como son pocos los ensayistas que sobreviven a la literatura rusa. Por eso hay que alternar a las supermodelos y los clásicos con la ropa casual para los obesos y las reseñas sobre nuestros contemporáneos.

[2] Tengo una hipótesis basada en mi niñez: el ensayista tiene problemas con la ficción desde los cinco años, quizás seis. Mi mamá me contó una vez que las veces en que intentaba relatarme La Caperucita antes de dormir, yo siempre pedía que me narrara una versión en donde no hubiera leñador y otra en donde Lobo y Abuela fueran la misma persona.

[3] La idea de escribir por encargo no es del todo mala. Como ha afirmado Francis Ford Coppola: “Me gusta la idea de los encargos y creo que le gusta a los artistas. Una cosa es sentarse a averiguar si uno va a volcar el alma en el papel o no; a veces es un alivio que alguien proporcione un concepto sobre el que trabajar”.

10 comentarios

Archivado bajo Leer para vivir

Aquí las risas grabadas

1

Cada vez que Irving J. utiliza un chiste, recurre a alguna canción o ejecuta alguna suerte de representación física para dar sus clases de literatura en el ITESM campus Puebla, se enfrenta a eso que los hombres de espectáculo han llamado “el público difícil”. En cierta ocasión, me cuenta, se subió a la mesa y arrancó las primeras páginas de un libro, del mismo modo en que lo hace Robin Williams en La sociedad de los poetas muertos. Pero la vida escolar es rica en fracasos motivacionales y a menos que tus alumnos provengan de una prueba de cásting es difícil que las cosas sucedan tal y como las habías imaginado en tu guión personal.

“Pensé que todos me imitarían, pero nadie lo hizo”, reconoce.

Puedo adivinar que su aspecto de imberbe tuvo algo que ver: nadie con la pinta de un veinteañero puede tener suficiente autoridad en un aula, aun haya superado los 33. Irving es una suerte de Benjamin Button en la nómina del Tecnológico: cada corte de pelo, cada ropa nueva le quita un par de años. Es inevitable y en lugar de verlo como un obstáculo, Irving aprovecha esa juventud eterna para hacer verosímiles sus riesgos pedagógicos (enseñar acentuación de los alejandrinos con “¿Será que no me amas?” o practicar “gags cómicos” con Tristán e Isolda). La razón es simple: cree en las peculiaridades del mundo real – las informaciones de la TV, la radio, el Internet, o la vida cotidiana- del mismo modo que cree en el poder de los clásicos. Y tiene que hacerlo de ese modo porque cada asignatura es en realidad un boxeo de sombra para su auténtico enfrentamiento: no con la literatura sino con la comedia.

Cada martes, después de sus clases poblanas, Irving hace un viaje de  3  horas en un camión de la línea “Oro” rumbo a Cuernavaca, en donde el bar Penny Lane le ha dado la oportunidad de presentar un espectáculo amateur. Es difícil compaginar la vida magisterial con la de la risa, pero es algo que el profesor se toma muy en serio: compone su propia música en Reason 4.0 para Mac, corrige una y otra vez las punch lines sobre las que confía el éxito de su stand up y practica las mímicas frente a un espejo. En las mañanas, las reacciones de sus alumnos le sirven de termómetro: si sus historias hacen risible una lectura de El extranjero es que pueden hacer risible casi cualquier cosa.

“Imagina esta anécdota”, me explica mientras tomamos un receso en la sala de profesores, “un tipo se enamora de una chica, pero ella es fanática de Candy Candy. Entonces él empieza a ver la serie para tener un tema de conversación en caso de que ella acepte ser su novia. La estrategia funciona, pero después la chica lo abandona, y él descubre que no puede dejar de ver Candy Candy porque se ha vuelto un fanático de la caricatura”.

Irving oprime el play de su laptop. La canción que trata de ese conflicto amoroso es bastante pegajosa y el coro dice: No, no, no soy un afeminado, una frase que requiere un movimiento de manos similar al que hace alguien para iniciar la ola de un estadio. Irving se ha puesto de pie de repente para interpretar una coreografía que desde el otro lado del ventanal no deja dudas sobre lo que es ser un afeminado. Los profesores que nos acompañan en la sala lo miran de reojo antes de inclinarse un par de centímetros más hacia sus computadoras.

Salimos de la preparatoria del ITESM a las 13:40 horas. Después de la última clase, Irving tiene apenas unos cuantos minutos para tomar el transporte público y llegar a la terminal de autobuses, a fin de alcanzar la salida de las 15:00 horas hacia Cuernavaca.
d

2

Durante el viaje, Irving me explica las premisas de su tesis de posgrado, al tiempo que las pantallas del camión exhiben una película graciosa e insulsa como sólo puede serlo una parodia gringa. Por las próximas horas, los otros pasajeros se desternillarán de risa, pero mi compañero de asiento sólo tendrá cabeza para tratar de Eco y sus “estilemas”, de Danto y su teoría del arte. Me resulta extraño que alguien preocupado por el humor, ignore a una veintena de pasajeros que no deja de carcajearse.

Sin embargo, si algo me sorprende de su disertación sobre la poesía es su capacidad para salirse de tono, pero conservando ese rostro serio de quien responde dudas después de una ponencia:

“No sé tú, pero a mí la frase Azules que se caen de morados me remite automáticamente a los testículos, ¿sí lo captas?”

Intento aportar algo al tema: “Bueno… no puedo decir que no sea una imagen interesante”.

Estoy convencido de que odia esa palabra.

“Quizás… quizás sea por el parecido del escroto con un higo, que es morado y que igualmente es un fruto que puede caer de un árbol”.

“Sí, supongo que es eso”, concluyo. El resto de los pasajeros estalla en una carcajada, que –como las risas grabadas- hablan de una felicidad fuera de contexto.

d

3

Para abrir su casa, Irving no utiliza una llave sino un gancho de ropa que ha dejado estratégicamente sobre las ramas de una planta. Se trata de una residencia maravillosa y sobre la que uno pensaría que no es necesario entrar como delincuentes. “Es de mis papás, pero ahora no están en la ciudad”, me explica. Pasamos junto a un piano y a un estante completo de películas piratas antes de llegar a su biblioteca, que en términos generales tiene el tamaño de mi cuarto, muchas ediciones notables y una colección de la revista National Geographic que data de los setenta. Vamos directo al grano. Hablar de comedia le produce a Irving una peculiar excitación de quien toda su vida ha ejercido oficios que no podría consignar en un currículo: músico para cantantes rupestres, futbolista, editor de una versión sin errores de los Apuntes para una teoría literaria de Alfonso Reyes.

Esto último me sorprende y tomo de su librero la edición correspondiente.

“Ni siquiera busques mi nombre, no aparezco en los créditos. Lo hice por motivos más bien clandestinos”, me cuenta, pero no da detalles.

Le pregunto por qué le interesa hacer humor en vivo, en tiempos en que la televisión, las agencias de publicidad y las redes sociales están invadidas por gente que busca lo mismo: la risa generalizada.  En la Era del Ingenio, de los tuits divertidos y la astuta publicidad que te hace olvidar la marca que anuncia, los graciosos espontáneos son Legión.

“En México no existe la comedia”, se defiende. “Existen los chistes. Todos hacen chistes, yo quiero hacer comedia a partir de la vida. Aportar puntos de vista. Eso es el humor: una forma de mirar”.

Hasta para hablar del humor, Irving emplea el tono de un maestro universitario. Cree, me parece, en el humor en vivo del mismo modo que todavía hay gente que confía en las relaciones amorosas cara a cara.

“¿Qué tipo de comedia quieres hacer?”, pregunto.

“Algo como lo que hace Eddie Izzard, ¿lo conoces?”

Respondo que sí y, en una suerte de guiño compartido, Irving reproduce (en inglés) el monólogo de Izzard sobre las diferencias entre el cine británico y el estadunidense.  Si bien todo humor recurre a los referentes, este humor de opinión necesita de un público con demasiados datos en la cabeza. Le pregunto a Irving cuáles son los materiales con los que trabaja para lograr en México esa zona natural en donde es posible reírse.

“Mi vida y la de mis amigos”.

“¿Has tenido una biografía como la de todo mundo: decepciones escolares, padres exigentes, adolescencia depresiva?”

“Pues…”

En realidad, no. Alcanza a contarme una decena de historias, que incluyen la mañana en que las maestras del kínder lo descubrieron besando a una niña y las autoridades escolares decidieron enviarlos a turnos distintos. O aquella escena adolescente cuando recobró la conciencia después de una fiesta y se encontró a mitad del desierto, en una camioneta a la que faltaba agua para el radiador. Ha vivido en 30 años el equivalente a 3 ó 4 vidas. Si pudiera juntar algunas anécdotas extremas de mis amigos apenas podríamos reconstruir “los años hardcore” de Irving.

Me recuerda que es hora de salir rumbo al Penny Lane. Carga con una memoria USB, donde pertinentemente ha grabado la banda sonora del show. Salimos y por sorpresa, me invita a subir a un Volkswagen estacionado frente a su casa y que a principio de cuentas parecía un auto abandonado.

d

4

Durante el camino repasa el orden de su rutina y para cumplir este propósito, me explica algunas noticias con las que piensa trabajar esta noche: hace unos días anunciaron a los nuevos becarios de los Estímulos a la Creación Artística en Morelos y uno de los beneficiarios es asiduo del bar Penny. Irving considera que sería bueno abrir con algunos comentarios sarcásticos sobre esos apoyos.

“Primero que nada felicito a quienes ganaron, después llamo a mi amigo el cineasta recién becado para que pase al frente. Tenemos unos segundos de discusión banal y entonces le hago la pregunta: ‘¿Por qué crees que se llamen Estímulos a la Creación Artística? Estímulos, ¿es una curiosa palabra, verdad? ¿Será que el Instituto de Cultura de Morelos contrata a chicas para que te estimulen mientras escribes? Piénsalo bien’. De inmediato abrazo a mi amigo por sorpresa, como si le aplicara una llave china, y finjo que lo masturbo mientras él simula que escribe. ¿Qué te parece?”.

No sé qué decir.

“Hay potencial en esa idea”, es mi veredicto.

“Busca en la guantera mi hoja de apuntes”, me dice mientras toma una de esas curvas de doble sentido que caracterizan tanto a Cuernavaca.

Encuentro la libreta. En la portada dice TESIS con mayúsculas negras.

“Juro que en dos meses ya la uso para lo que debería”, se disculpa.

Le echo un ojo a ese tesoro de anotaciones, como si me sumergiera en los cuadernos de Lichtenberg. Las notas son demasiado desordenadas para un tipo con la formación científica  de Irving, sin embargo, también late en ellas una vitalidad propia de las mentes hiperquinéticas. A la manera de un Twitter hecho a mano, las historias saltan de un apunte a otro y apenas puedo hallar las conexiones entre los incisos:

a) Estímulos a la creación: hablar de sexoservidoras que te estimulan mientras escribes.

b) Fingir que eres un culo: poner manos extendidas como el “hombre de Vitruvio”.

c) Diálogo en japonés fingido.

d) La educación sentimental de una generación, gracias a los pechos de misil de la novia de Mazinger Z.

e) Canción de Candy Candy.

Leo en voz alta cada uno de los apartados.

“Bien, bien, todo está perfecto”, dictamina el profesor.

Yo tengo mis dudas, algunas de las cuales serán dolorosamente ratificadas a la hora de la presentación. Pero en ese momento, ignorante del futuro, sólo pienso en que me encantaría ver la bisagra que usará el comediante para hablar de culos, una vez que haya despedido al amigo cineasta al que ha masturbado frente al público.
d

5

El Penny Lane es un lugar pequeño que en sus momentos de mayor afluencia termina por tener a clientes en las escaleras. La cerveza es barata. Ahora está vacío, pero no por mucho tiempo. Lo primero que hace Irving al llegar es dirigirse con el tipo del sonido para tratar algunos asuntos importantes relacionados con su presentación.

Con el mismo gesto de un profesional, prueba el micrófono, la distancia a la que debe colocar el paral, su espacio en el escenario. Improvisa un poco para que el sonidista programe el orden de las canciones. El hombre de la consola equivoca el primer track y el segundo y el tercero. Durante unos momentos, la secuencia de errores constituye una comedia que no hace reír a nadie, salvo a mí.

“Es que trajiste muchas canciones, amigo”, comenta el sujeto de la consola.

Por la variedad de música que sale de las bocinas pareciera que Irving llevó toda la selección de “Sonidos de la Tierra” del Voyager. Intenta evitar más equivocaciones reduciendo el repertorio a sólo dos tracks. (Por desgracia, eso no evitará los errores de musicalización cuando el espectáculo comience).

“¿Cuál es tu principal temor sobre el escenario?”, le pregunto, una vez que ha terminado sus ensayos.

“Que las cosas salgan mal, por supuesto”.

“Pero es algo que has hecho antes. Yo pensaría que has superado lo peor”.

No es así. Al igual que los novelistas capaces de arriesgar su egolatría en cada libro, las presentaciones –por muy under que se consideren- también contienen su dosis de peligro emocional.

“La primera vez no tienes pena”, me dice. “En ese momento, uno cree que lo peor que puede sucederle es que nadie se ría, pero sí se ríen y ahí comienza la auténtica tragedia. En la segunda y tercera ocasiones, ya empiezas a ponerte nervioso, porque sientes que el público viene a verte y temes defraudarlo. Es decir: ya existe un trato implícito entre el auditorio y tú. La cuarta es la peor. Cómo explicarlo. Es como el sexo. La cuarta vez es terrible porque posiblemente ya te has enamorado”.

Irving no recibe dinero por sus actuaciones, pero la idea de tener espectadores que aplaudan sus rutinas le entusiasma. Además, la gerencia tiene el detalle de no cobrarle el consumo. Mientras me platica algunos sucesos referentes a su vida de maestro, el local se va llenando de sus clientes habituales: hipsters, patinetos, darketos. Se diría que el Penny es un paraíso para las tribus urbanas. Me pregunto qué tienen que ver ellos con el profesor de literatura que vi en la mañana hablando de Romeo y Julieta.  “Sé que muchos no vienen por mí”, confiesa. “Vienen por Debbie, el otro comediante”.

Debbie de la Vergara es el nombre artístico de un chico que se viste de mujer para hacer stand up. Se trata de la estrella de los Martes de Comedia en el Penny. En el país, y eso no cambia ni con sus generaciones más jóvenes, el travestismo es un territorio idóneo para contar chistes. Horas más tarde descubriré que Debbie efectivamente es un tipo gracioso, de pocas inhibiciones, pero demasiado confiado en que amanerando la voz, los chistes suenan más divertidos.

“Digamos que Debbie es como la banda principal y yo su abridor”, continúa Irving. “Siempre llega tarde y eso me pone nervioso porque de unos meses para acá, ha amenazado con ya no actuar más. Mi espectáculo está planeado para 30 minutos y no sé si podré hacer una hora de show el día en que Debbie cumpla su promesa”.

Como ha llegado siempre en tiempo de compensación, la estrella de comedia del bar nunca ha visto el stand up del principiante.

“Ya es la hora”, le anuncia el dueño. Veo a mi alrededor: sin darme cuenta el bar está a reventar. Irving también advierte la magnitud del monstruo al que va a enfrentarse en unos momentos más. Quizás peque de romanticismo, pero percibo algo heroico en exponerse ante una centena de individuos que no superan los treinta años. El comediante se ubica a un lado del paral y propina los consabidos golpecitos sobre el micro. El escenario se ilumina. De repente sale de cuadro y camina hacia mi mesa a toda velocidad.

“Necesito un favor”, me dice con voz temblorosa. “Ríete muy fuerte cuando yo diga la expresión Barney, el dinosaurio. ¿Lo puedes recordar?: Bar-ney-el-Di-no-sau-rio”.

Me da las gracias y vuelve al frente.

Publicado originalmente en HERMANO CERDO.

3 comentarios

Archivado bajo Polizones, Un mundo raro

Edición de autor


Hay actividades a las que un escritor contemporáneo se siente obligado a fin de habitar con dignidad una solapa: colaborar en un periódico y editar una revista independiente son las más recurrentes en tanto encierran dos virtudes prácticas (la conciencia social y la generosidad). Ningún autor en su torre de marfil tendría una columna (donde la actualidad amenaza todo el tiempo con aparecer); ningún ególatra perdería su tiempo haciendo legibles a sus contemporáneos.

A pesar de la belleza y la legibilidad que ahora encuentro en las revistas electrónicas, aún me causa desconcierto cómo alguien, en algún rincón de este país, puede aventurarse a sacar publicaciones de papel. Claro, por un lado está el idealismo: hay editores legendarios que nos devuelven la imagen de quien es capaz de impulsar una obra para que llegue a las manos que la necesiten, pero también existen escritores excepcionales que nos recuerdan para qué se supone que se dedica uno a la literatura, y no necesariamente termina uno haciéndoles caso. En la época de la superproducción de revistas, ¿qué lleva a un autor, o a unos amigos, a iniciar un proyecto colectivo más?

Si, como quería Juan Villoro, ensayar es leer en compañía, la edición vuelve toda compañía motivo de una úlcera. En aquellas ciudades donde cualquier publicación pasa por los logos de las instancias de cultura, ningún camino es tan sinuoso como la ruta que lleva del dummy al estante: hay tantas personas implicadas y otras sin cuya firma no se autorizarían la impresión o las grapas, que sorprende cómo en estas circunstancias, una revista todavía pueda producirse. Las facilidades son enemigas de las ediciones que confían en el papel; todo documento que se sella a tiempo es un episodio menos en la vida de quien pretende hacer literatura. Una edición se sufre tanto como un parto complicado (de ahí que editar venga del latín edere, que entre otras cosas, significa “dar a luz”), porque a pesar de su carácter aparentemente abstracto, la congregación de voces implica las mismas dificultades que las congregaciones a secas: hay mucho ruido, la gente tarda hasta tres semanas en darte algo que te prometió, siempre hay alguien que se molesta por algún malentendido.

Una revista, como ciertas obras de arte o las personas importantes que aparecen en nuestras biografías, sirve para situar un momento en la vida que no sabríamos explicar sin su presencia. Un índice puede representar lo mismo una caja de souvenirs que un sumario de cicatrices. Hay tanta historia y bilis detrás de algunas páginas, que uno no puede concebir la capacidad de cierta gente para hacer ese trabajo cada mes (o cada dos meses, o el tiempo que tarde en salir una publicación). Cuesta mucho cribar artículos cuando el 90% de los colaboradores te tiene en su lista de contactos del MSN y te pregunta cada dos días si el número ya se encuentra en camino. El verdadero talento del responsable de una publicación, una vez que ha sorteado el problema de la escasez, está en mentirle a los que quedaron fuera.

El editor sabe que cada texto, como cada amigo, llega gracias a la buena voluntad y al azar, pero que esas dos potencias naturales sólo actúan a fuerza de invitaciones y memorandos. La edición es una forma privilegiada de la lectura que no deja de enseñarnos a estar solos, pero que en su dinámica también nos recuerda que hay personas reales detrás de esas palabras. Llegar a un texto, corregir un texto, platicar con un diseñador sobre la fuente con la que debería leerse un texto son maneras de pasar a alta velocidad los carriles de lo que hemos llamado vida práctica y literatura. Quizás porque editar es un deporte extremo que implica hacer de ambas ideas un mismo viaje.

Durante el tiempo en que edité una revista en provincia, la entendí como una prueba de Rorschach que proyectaba aquello que necesitábamos de ella. En mi caso, nunca he podido separarla de la imagen que representó organizar textos ajenos, y al mismo tiempo perpetrar esa forma necesaria de literatura a la que llamamos conversación. ¿A qué sirvió más: a la ilusión, al berrinche, al ocio o la compañía? Nunca lo sabré. Si para algunos de sus colaboradores –y mis amigos para decirlo de una vez- terminó siendo “una farsa” y para el director –quien encontró mejores formas de acción en un partido político- era algo así como “un producto de la cultura emergente”, yo la viví como otra cosa (los que nos hemos desvelado corrigiendo los gerundios de otros, siempre lo viviremos como “otra cosa”). Hasta el último de sus días, las revistas siempre deben su existencia a un hermoso equívoco.

Este artículo fue publicado originalmente por la revista BONSAI.

3 comentarios

Archivado bajo Cuaderno de usos múltiples, Leer para vivir

Cinco listas en las que no aparezco

1. Los escritores mejor pagados del mundo: vía FORBES.

2. Quince grandes alcohólicos, que además eran grandes escritores: vía LISTVERSE.

3. Quién es quién en salarios de la cultura en México: vía EL UNIVERSAL.

4. Novelistas guapos y talentosos: vía EZINE MARK.

5. Becarios 2011-2012 del programa “Jóvenes Creadores”: vía FONCA.

7 comentarios

Archivado bajo Cuaderno de usos múltiples

Me acuerdo, no me acuerdo



Recuerdo  Las batallas en el desierto con mayor nitidez que las condiciones en que apareció en mi biografía. A estas alturas ni siquiera puedo asegurar si robé la novela de la biblioteca porque era un ejemplar delgado (y años después pedí al autor que firmara debajo del sello oficial), o si la compré porque me proporcionó los códigos idóneos para platicar con mi papá (un señor que puede reconstruir palabra a palabra una crónica radial del mago Septién pero es incapaz de memorizar la lista del súper). Incluso hoy día no puedo decir con exactitud si para llegar a José Emilio Pacheco tuvo algo que ver Adriana la mormona, Amanda la heroinómana o cualquiera de esas chicas de las que me he enamorado tan sólo porque daban la impresión de saber algo que yo ignoraba.

Ahora que lo pienso, pudo haber sido en la preparatoria, con aquel maestro que había propuesto dos títulos para el trabajo final: El laberinto de la soledad o Las batallas en el desierto. Ganó Pacheco, el grupo leyó su novela y el profesor nos puso diez a todos, consciente acaso de que lo único que sabríamos de José Emilio Pacheco para el resto de nuestras existencias es que “había escrito un libro de 79 páginas”.   O quizás todo eso haya sido mentira, y compré Las batallas hasta el primer año de la licenciatura, cuando, en un ataque de pudor, me dije un día: “No he leído suficiente literatura mexicana, ¿por qué, Dios, por qué me siento tan culpable?”

Como puede notarse, Las batallas ronda por varios momentos de mi vida como si se tratara de una experiencia a la que es difícil dejar de lado porque sirve para ubicar otras experiencias. La explicación se torna evidente: el de Pacheco es uno de esos libros que nos descubren maneras de escribir. ¿Recuerdas la primera vez que leíste Piedra de Sol e intentaste reproducir los que creías que eran sus trucos? De ese tipo de lección literaria estoy hablando. Copiar palabras al azar, dejar metáforas aquí y allá, o enumerar imágenes no sirvió de mucho: desde el principio fue bastante claro que Paz poseía un genio del que tú carecías (y bueno, de esa clase de frustraciones está hecha la vida, como cuando quisiste imitar la “doble bicicleta” de Robinho). Es lo que sucede con Pacheco, con la aparente sencillez de su narrativa.  No son pocas las formas de afrontar el pasado y el mayor engaño de Las batallas en el desierto está en hacernos creer que se trata de un mero logro de la añoranza: listar antiguos programas de radio, situar un contexto político, describir a la familia, retratar los cambios generacionales. Y sin embargo, algo funciona con José Emilio Pacheco y fracasa en la última vez que pretendiste relatar tu vida escolar para el anuario.

Sin lugar a dudas, eso se debe a lo que conocemos como técnica narrativa, pero la suma de los recursos –y aquí acudiré a una de esas frases hechas- no soluciona el misterio. Tampoco tiene que ver con que un escritor se proponga contar la transición de un país al mismo tiempo que la historia sentimental de un niño de ocho años. Eso es lo fácil: el plan, equiparar las pequeñas y las grandes transformaciones. Pero hay más: aprender a fotografiar el movimiento, convencidos de que nada deja de agitarse. En todo momento y para todas las personas se están derrumbando infancias, terminando realidades significativas. La ciudad se está perdiendo cada día, a diversas intensidades. Un mundo va diciendo adiós al pasajero en turno y sin embargo, la hazaña entrañable de Las batallas está en hacernos creer que todos somos –o podemos ser- el pasajero en turno.

Eso es lo que quisimos construir a base de copiar la prosa, el plan o los recursos de Pacheco: un lugar para pensar en lo que se ha ido.

Pasan los años. Sucede que uno llega a cierta edad, confiado en que su nostalgia puede interesarle a alguien. Cualquiera de nosotros supone que unas cuantas circunstancias personales pueden otorgarle sentido a libros leídos por otras mil personas, a sucesos vividos por otras cientos de miles, al soundtrack de toda una generación. Entonces, con el lenguaje de un arqueólogo que detalla una vasija, termina uno hablando de sus  propios mundos destruidos: el Nickelodeon de ayer, la vez en que nos enamoramos de la mamá de un amigo, la música dance de los noventa.

Y el texto que escribimos comienza invariablemente: Me acuerdo, no me acuerdo: ¿qué año era aquél?


PUBLICADO ORIGINALMENTE EN MILENIO.

 

2 comentarios

Archivado bajo Cuaderno de usos múltiples, Leer para vivir

Siempre nos quedarán las reseñas


Esta ha sido una de las mudanzas más largas de la historia: tengo un mes poniéndola de pretexto cada que alguien me pregunta por qué no he actualizado el blog o adónde se me ha ido el tiempo que debería destinar a conseguir un empleo.  Elisa Corona, quien siempre me ha solapado mi vida no productiva (con actividades en las que destacan ir a conciertos de ex adictos que tocan grunge, o componer música o escribir una novela infantil), tuvo a bien tranquilizarme:

“Acabas de grabar un disco”, dijo.

“…y de escribir el último capítulo de tu tesis”, añadió.

Iba a hacer algunas aclaraciones acerca de los conceptos diametralmente distintos que tenemos sobre “terminar una tesis”, pero ella, con mejor memoria que yo, dijo:

“Además sigues publicando reseñas de libros, me parece”.

Y bueno, no encontré modo de justificarme ante eso. Se supone que para ser reseñista uno necesita de ciertas virtudes de las que con seguridad yo carezco, entre las más importantes, la voluntad para aceptar que se trata de un apostolado (o esa impresión me dan los constantes llamados académicos y no académicos a hacer crítica auténtica  en nuestras publicaciones).  Yo, que soy un advenedizo, aún sostengo que la mejor forma de decir la verdad sobre un libro es pagar por él y en consecuencia hablar desde la situación que contempla haberse librado de algunos satisfactores más bien básicos por culpa de su lectura. Ninguna observación será tan honesta, como aquella que tenga como referente las privaciones a las que te tienen sometidos los precios de Acantilado, por ejemplo.

Por otro lado, siempre tengo la impresión de que he hablado más de pornografía que de literatura, lo cual no significa que mi devoción hacia ambas actividades sea proporcional (he pagado infinitamente más por libros que por porno, aunque trato de compensar esa desigualdad a través de las horas de consumo). Claro está que si buscas dedicarte al negocio de las letras, es mejor decir, junto con Borges, que te enorgulleces más de los libros que has leído que de los que has escrito (y no decir que te sientes más orgulloso de los videos porno que has visto que del sexo que has tenido). Ahora bien, lo extraordinario de las reseñas de libros –además de que puedes utilizar fórmulas como “ahora bien”-  es que te mantienen en activo y en algún momento en que te sientas particularmente inútil, puedes reunirlas y hacer un post como éste (o en situaciones aún más dramáticas hacer un libro). Yo, por el momento, me conformaré con un post.

Por todo lo anterior –expresión que en el código de los estudios literarios significa que alguien ya se hartó de seguir escribiendo- hoy hablaré de libros.

d

1. Decencia de Álvaro Enrigue

“Para decirlo pronto: Decencia es lo que sucede cuando un narrador tan capaz como Álvaro Enrigue (1969) se pone a escribir “decentemente”. Para llegar a esa afirmación permítanme apelar a cuatro tesis: a) Una novela debe ser mejor que su sinopsis, b) Una novela debe ser mejor que sus spoilers (de trama y de teoría), b) Una novela deber ser mejor que la frase más citada en sus reseñas (“tanta Revolución para que al final terminemos siendo mexicanos”, por ejemplo); d) Una novela debe ser mejor que sus buenas intenciones (no sé si ustedes han tenido alguna del tipo: “Esta vez escribiré una historia, en dos tiempos, como un esfuerzo individual por entender por qué en este país todo tiene que ser siempre una mierda”). En Decencia no se cumple ninguno de esos cuatro incisos”.

LEER “IDEAS SIN NOVELA” EN LETRAS LIBRES.


d
2. Mañana o Pasado. El misterio de los mexicanos de Jorge G. Castañeda

“Asumir el misterio de los mexicanos se parece mucho a averiguar las razones de un amor fallido: un ejercicio de la memoria que es al mismo tiempo masoquismo documentado. ¿En qué fallamos, por qué, es posible remediarlo? Acostumbrados a venerar el estatus de víctimas, nuestras explicaciones sobre por qué no tenemos el México que queremos terminan pareciendo confesiones de diván (o de cantina, a falta de una imagen aún más estereotípica). Y qué nos extraña: las canciones rancheras han sido un exitoso retrato sentimental en tanto nos hablan de que las cosas salieron, están saliendo o saldrán irremediablemente mal”.

LEER “EL PAÍS PROBLEMA” EN LETRAS LIBRES.

d

 

 


3. Matando monstruos. Por qué los niños necesitan fantasía, super-héroes y violencia imaginaria de Gerard Jones

“En tiempos violentos, pocas cosas tan necesarias como Matando monstruos (Ares y Mares, 2002), el libro donde Gerard Jones explica “por qué los niños necesitan fantasías, superhéroes y violencia imaginaria”. Refutando las consabidas evidencias científicas que asocian la violencia televisiva con la real, Jones desentraña los sesgos metodológicos que dirigen esas investigaciones para que digan lo que los padres (y las fundaciones que financian esos estudios) quieren oír: que los programas y los juegos violentos generan más violencia. Porque la tesis de Jones apunta hacia otro lado: a la necesidad de que los niños participen en juegos violentos a fin de volver asequible el mundo”.

LEER “NO DEJE ESTE ARTÍCULO AL ALCANCE DE SUS HIJOS” EN REVISTA EN TIERRA DE TODOS.

d

 
NOTA: Cabe aclarar que Emma Watson no está leyendo ninguno de los libros sobre los que he hablado.

4 comentarios

Archivado bajo Leer para vivir

Los misterios de una “doble vida”

d

Por Luis Miguel Estrada
Hay una escena en Mente brillante (Good Will Hunting) que uso con frecuencia por su facultad ilustrativa: Will (Matt Damon) invita a salir a su chica especial, Skylar (Minnie Driver) y ella se niega argumentando que tiene tarea de biología molecular. Ella le muestra el libro y él, con su mente prodigiosa, le toma una fotografía mental y luego vuelve con la tarea resuelta, y le insiste en que salgan. Una vez que están frente a frente, comiendo cualquier cosa en una terraza en donde el viento los despeina, ella le pregunta “¿Cómo lo haces?”. Para ese punto en la película, ya conocemos que el protagonista es una máquina matemática que cabalga en algoritmos a velocidades y distancias que sorprende incluso a los expertos. Will no sabe qué responder más que con un ejemplo, el asunto al que quiero llegar: si él, Will, ve un piano, no ve nada más que el objeto y las partes que lo constituyen; Mozart, en cambio, vería notas, escucharía sonidos, imaginaría una sinfonía, Mozart vería la música entera; para Mozart, eso “tenía sentido”.

Aún si no nos referimos a genios desmesurados, el ejemplo sigue siendo válido. Un amigo mío, ingeniero electrónico, me relató una forma de examinación de una marca de electrónicos bastante grande (Siemens o General Electric, francamente, no tengo idea). En un curso, una parte de lo que se enseñaba era pensamiento lateral en la resolución de problemas. Un hombre ataviado con una actitud laboral germana les mostraba un equipo médico cuyo display marcaba “Error”. El reto era encontrar la solución en el menor tiempo posible. El curso estaba lleno de internacionales pues se trataba de un requerimiento obligatorio para certificación de calidad. Un participante de nacionalidad indiscernible (“gringo o hindú”, me dijo quien me contaba esto y sólo pude imaginarme a un ingeniero) tardó cuarenta minutos en encontrar un fusible quemado. El nacional, y héroe de esta historia, tardó quince minutos en encontrar una cinta aislante bloqueando una terminal. “¿Cómo supiste?”, pregunté. “Así”, me respondió y se encogió de hombros. No sabe explicarlo, sólo sabe que así funciona.

Si las vísceras de los electrónicos me sorprenden por incomprensibles, la composición musical lo hace aún más.

Estaba en Tlaxcala. Era domingo y hacía calor. Eduardo Huchín y Elisa Corona estaban allí a razón de una invitación que la ínclita tlaxcalteca, Yvonn Márquez, les hizo a los dominios de Xicotencatl. Tenían planeado tocar el sábado por la noche en un bar pero diversas razones los orillaron a improvisar un concierto en los portales del centro de la ciudad. Con éxito moderado, atrajeron a algunos curiosos y Elisa recibió algunos silbidos. Yo me perdí la presentación porque estaba trabajando en Puebla. Nunca los había visto tocar, y todo parecía indicar que nunca los vería.

Sin embargo, el domingo nos encontramos con un entarimado y equipo de audio en la plaza de la Constitución. Parecían los restos del naufragio de algún evento popular auspiciado por el ayuntamiento. Un hombre vestido de extra de película de los Almada (lentes de gota, pantalones negros y botas cafés bien, pero bien picudas) les dijo que, si querían tocar, “estaban hablando con la persona indicada” (un guionista aficionado debió sentir, en ese momento, que lo último que quedaba antes de que esa frase se convirtiera en un cliché se había gastado en alguna parte; no sabía, ni podía saber, que fue un hombre anónimo en el centro de Tlaxcala quien la convirtió en un lugar común y le impidió, por ello, utilizarla con soltura).

Así que, en domingo, a medio día, con el sol a plomo, Huchín y Corona se subieron a un entarimado endeble. Campechano él, defeña ella, pulsaron sendas guitarras con la actitud germana de quien desarrolla su actividad con pulcritud y se aventaron un concierto de composiciones propias salpimentao con un par de covers. Una acústica negra para él, una Telecaster para ella. Entre niños que se paseaban en carritos eléctricos, tiraron el primer acorde. Mientras soltaban los demás, un grupo de ocho hombres jóvenes en trajes negros pasó. Todos sostenían un helado y lo sorbían sin gusto, como si formara parte de su uniforme de oficina, innecesario en domingo. “Nosotros somos Doble Vida”, dijo Elisa.

Un par de imágenes se me grabaron: Huchín bailando con ritmo por primera vez desde que lo conozco y Corona haciendo llorar una guitarra de la mitad de su tamaño. No me voy a deshacer en halagos acerca del desempeño musical de Doble Vida, sobre todo, porque corro el riesgo de que alguno de los músicos aquí señalados lea la columna. Pero sí voy a confesar que me quedé con ganas de preguntarles algo: ¿cómo lo hacen?

A pocos días de que saquen un disco financiado con recursos propios, la pregunta es tan válida como cuando se habla de biología molecular o de circuitos integrados. Aunque todo lo desconocido tiene la capacidad de sorprendernos, no todo lo desconocido guarda ese misterio que tiene la composición. Yo veo un diapasón, un mástil, seis cuerdas y la caja, y no hay ahí nada más que los mismos tres acordes que aporreo desde mi adolescencia. Ellos ven algo más, no sé que sea y, si se los hubiera preguntado, me habrían respondido con la cabeza hundiéndose entre los hombros que soportan el tahlí de sus guitarras.

Pero qué bien suena.

d
Originalmente publicado AQUÍ.

d

Para oír la música de DOBLE VIDA: 

El pasado no se abre con la llave por dentro“,

Barcos,

La misma ciudad“.

O ingresa al MySpace.


1 comentario

Archivado bajo Caza de citas

En el país de la sicalipsis


El mundo no carece de versiones XXX de Alicia en el País de las Maravillas por la misma razón por las que no carece de versiones convencionales. Lewis Carroll nos regaló una historia y unos personajes capaces de trascender la obra escrita y habitar a su manera la vida que hemos llamado “real”. El porno, que en más de una ocasión funciona como parodia de esa vida real, no podía ser ajeno a las tribulaciones de Alicia y el Conejo y el Gato de Cheshire. Una rápida búsqueda en el Google Images con las palabras “Alice Wonderland Sexy Costume”  nos daría una idea de los motivos visuales para seguir haciendo parodias XXX por los siglos de los siglos, pero hay algo más: la locura de Alicia es demasiado atractiva como para desperdiciarla en una película que sólo hablara de sexo. Aún así se trate de porno.

Ninguna narración donde estén involucrados un conejo con prisa, un ejército de barajas, un huevo parlante o una oruga que fuma puede ser algo común. Y por ende, sus adaptaciones –las mainstream y las hardcore- se han visto arrastradas por esa extrañeza. Incluso versiones porno tan simples como la reciente Alice (McLean y Batts, 2010), donde parece que existen sólo dos locaciones: una bodega y en un claro del bosque, es rara a pesar de cumplir sin dificultades aquello que esperamos que sea una porno (a menos que creamos que resulta común ver en una película XXX a un tipo ataviado como la Liebre de Marzo). Lo mismo sucede con las previsibles Wonderland (Enright, 2001) y Blanche, Alice, Sandy et les autres (Laville, 2008).

Alice nel paese delle pornomeraviglie (Damiano, 1993) es una adaptación italiana en la que no faltan los momentos surrealistas, la gente disfrazada y los diálogos absurdos (más risibles aún porque se escuchan como si estuvieran mal doblados). Luca Damiano, quien había sido asistente de Vittorio de Sica, nos ofrece una comedia donde la fantasía sexual se ve potenciada por lo que llamamos la fantasía a secas. Ejemplo de esto es un Conejo Blanco que puede desnudar a la gente con un chasquido de dedos. En el mundo de Damiano, la magia no sirve sino para hacer divertido el sexo.

Sin embargo, en el amplio rango de rareza que supone adaptar la obra de Carroll, podemos encontrar dos ejemplos sobresalientes, por su realización y por su apuesta: una es casi una película de acción, la otra es un musical. La primera, Malice in Lalaland (Xipher, 2010), es a la Alicia de Carroll lo que ¿Dónde estás, hermano? es a La Odisea homérica: una revitalización –absolutamente enloquecida- de un clásico, una road movie cuyas referencias al cuento original son más bien sutiles, algo sorprendente en un género cuya mayor estrategia parte precisamente de eludir las sutilezas. Meta en una mezcladora a  Russ Meyer y a Lewis Carroll, ponga chicas hermosas y limite (¡por favor!) a Ron Jeremy a un puñado de escenas cómicas. Agregue a  un personaje que parezca una cruza entre Slash y el Sombrerero Loco y a otro que sea el vivo retrato de Hunter S. Thompson. Finalmente haga figura principal de su cinta a Sasha Grey, la estrella chic y culta del cine XXX. El resultado no puede ser otro que un viaje tan demente como su trama: una adicta a los alucinógenos escapa de la clínica con la ayuda de un conejo negro. Recorre un hermoso paisaje desértico mientras es perseguida por uno de los enfermeros, que la vio huir. En esa fuga tiene la oportunidad de coincidir con personajes extravagantes, algunos de los cuales usan cabezas gigantes de peluche. Así, de ese nivel. El resultado es un violento delirio lleno de desnudos y guiños, en un formato impecable de 35 mm.

Pero la versión porno más entrañable de Alicia la tenemos que encontrar en 1976, con Alice in Wonderland: An X-Rated Musical Comedy, dirigida por Bud Townsed. Verla 35 años después nos hace pensar en una época dorada donde hasta el porno necesitaba de algo de talento y producción (o al menos tanto personal como para ocupar tres minutos de créditos iniciales). La película nació dentro de una ola de adaptaciones X de cuentos infantiles en los setenta, pero ha sobrevivido gracias a “cierto encanto” que incluso maravilló al crítico de cine Roger Ebert, quien le dedicó el siguiente elogio: “Su sorpresa más agradable es su estrella, Kristine De Bell, que proyecta una frescura y una ingenuidad encantadoras, incluso en escenas donde algunas de las cosas más alarmantes se están llevando a cabo”.

Se trata pues de un musical y de una porno con todas las de la ley, y eso significa que lo único seguro es que habrá gente cantando y cometiendo fornicaciones al por mayor. A diferencia de otras cintas X, esta Alicia tiene muchísimos diálogos y más de uno de sus parlamentos podría caber en cualquier película convencional sobre el choque entre la fantasía y la realidad (“¿Qué te hace pensar que tu mundo es real y el nuestro imaginario?”; “No te estás volviendo loca, simplemente no estás prestando atención a lo que hay por ahí”). Las letras y la música fueron especialmente escritas para la película, y si algo hay que agradecerle a un cuento como el de Carroll es que ha obligado a los pornógrafos a filmar en exteriores.  El espíritu que anima a cualquier Alicia -es decir, la aceptación de un universo donde todo es posible- también da la oportunidad a los realizadores de que la locura nunca esté fuera de tono. Así, no parece ningún error el que casi al final de esta musical comedy, aparezca el asistente de dirección cerrando una claqueta.

Según Wikipedia, la cinta de Townsed recaudó más de 90 millones a nivel mundial y eso ya la hace excepcional. En nuestros días puede ser vista como vintage en tanto nos pinta una realidad ya lejana llena de canto, baile y cuerpos salidos de documentales sobre Woodstock; aunque, en lo particular, nada me parece tan vintage como el hecho de que –aun siendo una porno- los protagonistas terminen casados.

Pronostico que, por muchos años más, Alicia seguirá dando material a los genios del cine pornográfico. Si el cuento de Carroll sirve para hacer extraño el sexo o si el sexo es el que sirve para hacer aún más extraño el cuento de Carroll es una pregunta que no sé cómo responder y que quizás cifre esa fascinación por seguir adaptando las aventuras del país de las maravillas. Mientras tanto, sigamos siendo testigos de la manera en que sus personajes están tomado el mundo. Incluso ese otro. Incluso ese que ocupa la carpeta NSFW de nuestras páginas web.

(Este texto ha sido publicado en la revista Casa del Tiempo. Para leer el número completo entra AQUÍ).

2 comentarios

Archivado bajo Permanencia voluntaria