Vidas de santas

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Los siguientes fragmentos provienen de la antología que Olalla Aguirre y Javier Azpeitia hicieron del Flos sanctorum (1599 y 1601), de Pedro de Ribadeneyra y que publicó Lengua de Trapo. De las santas que aparecen en el volumen no sobra decir que casi todas tenían «extremada belleza del cuerpo» y eran solicitadas por variados caballeros «por concurrir en ellas todas las partes que en una doncella se pueden desear». Sin embargo, estas virtuosas mujeres prefieren renegar de los placeres terrenales y asumir la vida de sacrificios que conlleva tomar a Jesucristo como esposo. Todas las protagonistas —pero con mayor insistencia, el autor de estas semblanzas— dan por hecho que la santidad exige soportar todo tipo de humillaciones, laceraciones y, en última instancia, la muerte. No deja de ser interesante el modelo de cristiana ejemplar al que responden estas historias. 

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1. Santa Patronila o ¿Qué es lo primero que le pones a hacer a una mujer una vez que la has curado de su parálisis?

Fue Petronila de extremada hermosura y gracia, y para que no se desvaneciese con ella y con la flor de la edad perdiese el fruto de la virtud, diole nuestro Señor una enfermedad larga y trabajosa. Dijeron a san Pedro [el apóstol, su padre] que por qué, sanando él a tantos enfermos con su sola sombra, no sanaba a su hija, que tenía paralítica en su casa, y, siendo piadoso para todos, para sola ella era cruel. Respondió el santo Padre:

—No es eso lo que le conviene a mi hija. Para bien de su alma le es necesario estar enferma, que muchas veces sana el alma, o no cae enferma, por la dolencia del cuerpo. Y para que veáis que dejarla en cama no es falta de poder en mí, sino sobra de amor y mirar por su bien: Levántate, Petronila —dijo— y sírvenos la mesa.

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2. Santa Eufrosina o El travestismo bien visto a los ojos de Dios o Un episodio de monjes con furores homosexuales

Habiendo primero recibido secretamente el hábito de religiosa, con las bendiciones que suele la Iglesia, de un santo monje que había venido a su casa, y aprovechándose de la ocasión que nuestro Señor le ofreció con la ausencia de su padre, inspirada (a lo que se puede creer) con especial instinto y espíritu del cielo (que sin él no fuera bueno hacer lo que hizo), Eufrosina determinó salirse de su casa y ponerse a salvo; y porque su padre era (como dijimos) era hombre poderoso y principal y sabía que la había de buscar por mar y por tierra y hacer tantas diligencias que no se podría encubrir, se desnudó del vestido de mujer, y con él de la flaqueza mujeril, y se vistió de hombre. Y dejando sus casas, criados y riquezas, se partió una noche secretamente y se vino al mismo monasterio de monjes en que vivía aquel santo viejo, por cuyas oraciones nuestro Señor le había dado a sus padres. Y para disimular mejor tomó nombre de Smaragdo […]

Pero el demonio, como vio que una doncella tierna y flaca le hacía tan cruda guerra y, cada día, con ánimo varonil y celestial, peleaba con él y le vencía, determinó de acometerla con mayores fuerzas […] Mas como el Señor, que la había escogido, le diese fuerzas para resistir y para triunfar del enemigo, viendo que por esta vía no podía, quiso derribarla por medio de los otros monjes, tentándolos y procurando que se le aficionasen torpemente por su extremada hermosura, sin saber que fuese mujer.

Vino a noticia del abad las tentaciones que padecían algunos monjes y el peligro que corrían, y para atajarle, como prudente y vigilante pastor, y quitar las ocasiones de turbación y escándalo, mandó a Smaragdo que se recogieses en una celda apartada, y que no saliese de ella ni tratase ni de comunicarse con nadie sino con Agapio, su maestro […]

Treinta y ocho años vivió en ese encerramiento y manera de vida Smaragdo, sin que ninguno pudiese entender que era Eufrosina.

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3. Santa Brígida de Escocia o Un pequeño antecedente de las pruebas de paternidad

Una mujer flaca y ruin parió un hijo y, para cubrir su maldad, echó la culpa a un santo obispo diciendo que había concebido de él. Llamola santa Brígida y le preguntó de quién era aquel hijo. Y ella, con mucha desenvoltura y desvergüenza, dijo que era del obispo. Entonces, Brígida hizo la señal de la cruz sobre la boca de la mujer, y al momento se le hinchó la lengua, y la cabeza. Hizo, así mismo, la cruz sobre la lengua del niño y preguntole quién era su padre. Y respondió el niño que no era el obispo sino un vil y desechado hombre. Y con esto se supo la verdad, y el obispo quedó con su honra, y la pobre mujer hizo penitencia de su pecado, y loaron todos al Señor.

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4. Santa Lutgardis o Puedo curar enfermedades, pero preferiría no hacerlo

Comenzó, pues, Lutgardis a darse a la oración y meditación de las cosas del cielo y abrazarse con Cristo crucificado con tanto fervor como si le tuviera vivo y presente. […] Y nuestro Señor le dio una gracia tan sigular que, tocando cualquier enfermo con su mano o con su saliva, luego sanaba. Y como por esta causa concurriese a ella gran multitud de enfermos para que los sanase, y la estorbasen su oración, se volvió a su esposo Jesucristo y le dijo:
—Señor, ¿para qué me habéis dado esta gracia, pues me estorba el estar con vos? Quitádmela y dame otra más provechosa para mí.
Y como el Señor le respondiese qué gracia quería, ella dijo:
—Vuestro corazón quiero, Señor.
Y el Señor:
—Pues yo también quiero el tuyo.
Y de ahí en adelante quedó el corazón de Cristo tan unido y tan impreso en el corazón de la virgen que ni tuvo movimiento sensual ni pensamiento torpe por un solo momento en toda la vida.

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¿Zoológico o circo?

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—Supón que te secuestran unos extraterrestres…

—Bien.

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…y te llevan en la nave matriz a su planeta. ¿Preferirías estar en su zoológico o en su circo?

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—Prefiero el zoológico…

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…Tendría un horario más flexible.

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—Con el circo puedes viajar y ver el planeta.

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—Tendría que disfrazarme, atravesar fuego… y meter sus cabecitas en mi boca.

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—Al menos es el mundo del espectáculo.

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—En el zoológico quizá me pongan a una mujer… para aparearme.

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—¿Y si no se interesa por ti?

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—Estaría igual que ahora

…pero viajando en una nave espacial.

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[Seinfeld, Temporada 8, Capítulo 3, «The Bizarro Jerry»]

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Maupassant y James miran a una mujer

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Aquel verano, Guy de Maupassant hizo una visita a Londres y Henry [James], que le había conocido en París, organizó en su honor una cena en Greenwich a la que invitó, entre otros, a [George] Du Maurier y Edmund Gosse. [...] Unos días, antes [de la reunión], Henry había almorzado con Maupassant en un elegante restaurante de Londres, y el francés le había violentado solicitando su ayuda para ligarse a una mujer sola, sentada a una mesa en el lado opuesto del comedor.

—Vaya a preguntarle si quiere sentarse con nosotros, Henry —dijo Maupassant. (Por suerte, los dos estaban hablando francés.)

—De ninguna manera, Guy —dijo Henry—. No sé quién es.

—Pues mándele una nota con el camarero. Dígale que nos gustaría conocerla.

—Desde luego que no.

—Lo haría yo, pero mi inglés no es demasiado bueno.

—Aquí no se pueden hacer estas cosas, Guy —objetó Henry—. Es imposible.

—¿Por qué no? —exigió Maupassant, escanciándose más vino, para consternación del camarero que aguardaba convencido de que este menester le correspondía a él—. Está disponible, sin duda. ¿Por qué, si no, está comiendo sola en un restaurante público?

—En este país hay una nueva especie de mujeres respetables, pero emancipadas, que reclaman algunas de las prerrogativas tradicionales de los hombres. Yo diría que esa mujer es una de ellas.

Maupassant resopló, sarcástico.

—Quiero una mujer —rezongó—. No una emancipada, sino una mujer corriente, con tal de que tenga una cara y un culo bonitos. No he estado con ninguna desde que estoy en Londres.

Henry sintió alivio al conseguir sacarle del restaurante sin armar una escena. Aquello confirmó todos sus prejuicios sobre los escritores franceses.

David Lodge, ¡El autor, el autor! (Anagrama, 2006)

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El «mejor día de sus vidas»

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Por CAITLIN MORAN

Las bodas son culpa nuestra, señoras. Cualquiera de los horrores que conllean está bajo nuestro feudo. ¿Y saben qué? No solo hemos fallado a la humanidad, sino que también nos hemos fallado a nosotras mismas.

Las bodas no son nada bueno para la mujer. Son un nido de víboras de despilfarro y desesperación. Y casi todo lo relacionado con ellas repercute negativamente en las personas que más las desean: nosotras. Nuestro amor por las bodas es un amor malo. No nos hace ningún bien. Acabará mal, dejándonos con una sensación de haber sido estafadas, y estar solas.

Siempre que pienso en una boda, me dan ganas de entrar corriendo en la iglesia, como Dustin Hoffman en El graduado, y gritar: «¡PAREN! ¡PAREN LAS BODAS!»

[…]

Las bodas son en esencia una ceremonia a la que las novias invitan a los novios en el último momento, justo después de decidir qué trío de pudín de chocolate se servirá, además. La mujer empieza a planear su boda a los cinco años, ¡por el amor de Dios! Cuando no tiene ni idea de con quién va a casarse, y solo se imagina un cuerpo de Action Man con el rostro convenientemente pixelado. En comparación a esa edad, el único acontecimiento futuro que planea un niño es cómo meter el gol de la victoria en la Copa del Mundo, al tiempo que toca el solo de guitarra de «November rain», de Guns N’ Roses.

Así resulta evidente que no es el mejor día de la vida del novio. Ni tampoco el mejor día de la vida de ningún invitado. Porque las bodas no son divertidas para los invitados. Es algo de lo que somos plenamente consciente cuando estamos entre los invitados (a quinientos kilómetros de casa, envueltas en una pashmina, sosteniendo una charla incómoda con un beodo de ojos llorosos en la mesa que llamaban «La Escoria» al organizar la disposición de los invitados…), pero que olvidamos al instante cuando empezamos a planear nuestra propia boda.

[…]

Cuando oigo que una mujer dice que el día de su boda va a ser/fue el mejor de su vida, no puedo evitar pensar: «No has tomado suficiente éxtasis en un prado a las tres de la mañana, cielo.»

Todas las bodas parecen reducirse a actuar como Michael Jackson en el cenit de su demencia: fingir ser famosa un solo día demencialmente caro. Y todos sabemos por qué los famosos tienen monos domesticados, zapatos absurdos, el esqueleto del Hombre Elefante, un parque de atracciones, piscinas con forma de guitarra. PORQUE SE ESTÁN MURIENDO POR DENTRO. ESTÁN CONTEMPLANDO EL VACÍO. Han visto por unos instantes su propia intrascendencia, como una mota en un universo infinito, y su respuesta ha sido contratar a alguien que se ocupe de pelearse con el popote de su bebida. Casi siempre sentimos lástima de estos individuos, que nos parecen unos pobres idiotas.

Y, sin embargo, las mujeres consideran un «premio» pasar un día desorbitadamente caro comportándose como esos gilipollas, en vez de hacer gala de estoicismo, sentar la cabeza y no volver a tener otro día «especial» jamás. Por supuesto, no volver a tener otro día especial jamás se debe en gran parte al hecho de haber malgastado veintiuna mil libras en dieciséis mil volovanes y un grupo de light jazz; pero el simbolismo de todo ello es insoportablemente potente.

En cuestiones así, hay que fijarse en los hombres. ¿Tienen ellos un día especial en el que se sientan los reyes del mundo, y luego vuelven a una vida llena de trabajo y monotonía? No. Ellos salen y hacen lo que quieren continuamente: como señaló Germaine Greer en La mujer completa, llenan su tiempo libre de actividades agradablemente improductivas como pescar, jugar al golf, escuchar discos, jugar en las Xbox o hacerse pasar por duendes en World of Warcraft. No tienen esa necesidad lunática y reprimida de pasar un día fingiendo ser la Princesa Diana (en sus buenos tiempos, claro. No en la época de tirarse-sola-por-las-escaleras. O en la que llega Camila y lo estropea todo).

Las mujeres, mientras tanto, pasan su tiempo libre haciéndose cargo de una lista interminable de mejoras personales y tareas domésticas: arreglar la casa, los deberes de los niños, dar consejos, desparasitar al gato, hacer ejercicios pélvicos en el suelo, intentar ser creativa con el repollo y quitarse los pelos que salen hacia dentro… En cierto modo apaciguadas por tener ese «mejor día de sus vidas».

Seguramente, señoras, cambiaríamos felices un día «especial» por una vida más llena de pequeños placeres, ¿no es así?

O quizás solo deberíamos desechar la idea de casarnos en primer lugar. Por lo general, estoy en contra de cualquier cosa que te obligue a cambiar de nombre. ¿En qué situaciones ocurre esto? Cuando ingresas en un convento o te haces estrella del porno. Y, para una ostensiblemente gozosa celebración del amor, me parecen una mala compañía.

En Cómo ser mujer, Anagrama, 2013.

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La recta y el punto: una separación matemática

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(Una fanfic de La recta y el punto de Norton Juster)

«Y pronto la recta y el punto pudieron hacer figuras juntos, gracias a lo cual vivieron, si no dichosos para siempre…»

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O quizás no tan razonablemente felices. Hubo una época en que la recta sentía la necesidad de más espacio. Consideraba que su amor por el punto, por más tardes milimétricamente compartidas, al final le provocaba un poco de asfixia. Y que había una escandalosa falta de proporción en lo que cada uno aportaba a ese noviazgo.

Ella había aprendido las variadas artes de hacer figuras y al punto le bastaba simplemente con ser un punto. Y era así, egocéntrico y perfecto, desde la primera vez que lo había visto. En las discusiones políticas la recta podía inclinarse, ya sea radical o moderadamente, hacia la izquierda o hacia la derecha, y la postura era tan notoria que, con frecuencia, el punto no sentía la necesidad de prestarle atención a sus palabras.

El punto en cambio parecía mantenerse siempre en la misma actitud. No era precisamente un moderado: solo era difícil adivinar qué pensaba. Eso era lo injusto: que ella podía hacer evidente el ángulo con el que tomaba las cosas.

Con estos ángulos, por ejemplo, hacía comentarios sobre la iniciativa para leer a más mujeres y sobre la posibilidad de que centenas de piezas de arte contemporáneo en los museos fueran en realidad un fraude:

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Y estos ángulos le servían para hablar sobre los derechos de los animales, los supuestos daños que el queso puede hacerle a un cuerpo sano, la validez científica del psicoanálisis o la espinosa cuestión de si el Estado debe subsidiar los gustos literarios de las élites:

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El punto, en cambio, parecía no tener puntos de vista.

Tenía esta postura sobre el posmachismo, los transgénicos y la tesis de que «lo urgente no es aumentar los salarios mínimos sino incrementar la productividad»:

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Y esta sobre el fracking, el matrimonio igualitario y la literatura mundial:

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Y, a decir verdad, la recta no estaba del todo segura de que el punto no estuviera adoptando un tono irónico al momento de emitir una opinión.

El punto, por su parte, también tenía sus reclamos. Para él, todas esas maneras que la recta tenía de expresarse —«decálogos, paralelepípedos, tetragramas»— eran más bien calculados disfraces que la recta utilizaba para no ser auténticamente ella. «¿Lo entiendes? Tampoco es que sea muy honesto de tu parte.» «Decágonos» le corregía la recta, que en ese momento lucía más rígida que de costumbre. «Decágonos entonces», decía el punto, que quería siempre ser el último en las discusiones.

«¿No eras tú el que años atrás me decía “Vuelve a hacer esas lindas figuras, querida”?», volvió la recta tras una pausa.

«No prolongues la discusión indefinidamente —y en ambos sentidos— como es tu costumbre», respondía el otro.

Cierto día el punto le confió a un amigo: «Pese a lo que aparenta es una inflexible.»

Y una amiga le reclamó a la recta: «Te dijimos que le faltaba profundidad.»

La siguiente vez que la recta le pidió más espacio, el punto le respondió con una provocación:

«¿Y por qué no te sales del plano?»

La recta entendió que era una forma cínica de decir: «Y a ver cómo te va.»

Y se fue. Y pensó que quizás ya era momento comportarse de una manera distinta a como lo venía haciendo.

Casi al mismo tiempo que la recta buscaba un mejor lugar para vivir, en el mundo de afuera, unos señores andaban dando origen a algo llamado geometría no euclidiana.

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Moraleja: Escribir metáforas optimistas del amor con rectas y puntos funciona mejor si la geometría es plana.

No sé qué quise decir con lo anterior.

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Cinco formas de hacer una lista de libros que marcaron tu vida

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Marginal

1. Libro de autor desconocido.
2. Libro de autor desconocido.
3. Libro de autor desconocido.
4. Libro de autor desconocido.
5. Libro desconocido de autor conocido.
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Visiblemente autobiográfica

1. Clásico juvenil que te descubrió la literatura.
2. Novela no erótica que te descubrió el sexo.
3. Libro que llevaste a la clase donde les pidieron «objetos que los representaran».
4. Libro ligado al inicio de una relación.
5. Libro ligado al fin de una relación.
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Global

1. La Ilíada, la Odisea.
2. Anónimo chino del siglo XVI.
3. Novela de Europa del Este sobre gente que sufre.
4. Autor del Boom latinoamericano que es necesario reivindicar a pesar de su simpatía por la Revolución cubana.
5. El más reciente genio anglosajón que no ha cumplido la treintena.
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Ruda

1. Novela negra de corte nihilista que retrate a la sociedad a través de sus perdedores.
2. Novela sobre drogadictos, cuyas menciones a combinaciones químicas sean más numerosas que en una biografía de Lavoisier.
3. Libro de no ficción sobre algún tipo de comunidad relegada que ha desarrollado hábitos anticapitalistas absolutamente admirables mientras no se trate de tus vecinos.
4. Autobiografía de artista plástico que vivió en los muladares y murió de una enfermedad curable, a pesar de que hoy día una sola de sus obras se cotiza tan alto como para comprar un hospital.
5. Libro de Job.

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«Libre de corrección política»

1. Libro escrito por un hombre blanco heterosexual.
2. Libro escrito por un hombre blanco heterosexual.
3. Libro escrito por un hombre blanco heterosexual.
4. Libro escrito por un hombre blanco heterosexual.
5. Libro escrito por un hombre blanco heterosexual.

 

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«Lo que está mal en el mundo»

SopadeLetras

Este test se llama «Lo que está mal en el mundo». Las tres primeras palabras o combinaciones de palabras que encuentres son las que te han servido el último año para explicar CUALQUIER COSA que has leído en Internet.

Click en la imagen para ampliar.

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