No parecerse a nadie

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Ilustración: Luis Mario Sarmiento.

En uno de sus conciertos para jóvenes, Leonard Bernstein explica por qué la música «no significa nada más que música». Las composiciones musicales no cuentan historias (aun así se llamen Don Quijote) ni expresan imágenes (a pesar de tener títulos como Cuadros para una exposición). En realidad, «la música no trata de nada», dice Bernstein, obedece a un plan musical y no es necesario buscar en ella algún tipo de escena literaria, circunstancia biográfica o paisaje deslumbrante, incluso cuando el compositor haya tenido alguna pequeña ayuda de la realidad o de otras artes para ponerse a escribir. La música es sólo una combinación endiabladamente afortunada de sonidos y silencios.

Que la música sólo sea sonidos y silencios no impide que signifique algunas cosas concretas para las personas. Desde animar a los patriotas a dispararle a unos cuantos enemigos hasta insuflar el sentimiento necesario para ayudar a un país del tercer mundo, la música parece unir a las comunidades en cuestiones tan disímiles como la guerra o la solidaridad. Aunque quizás el común denominador sea esa sensación de íntimo orgullo que crea vínculos con unas personas, al tiempo que nos separa de otras. En algún momento la música sirvió para consolidar alguna identidad nacional respecto a otra (Tim Blanning ha documentado con excepcional amenidad la guerra entre italianos, franceses, ingleses, alemanes, en el siglo XIX, para ver quién hacía «la mejor música»), pero en las sociedades capitalistas de las últimas décadas parece responder a una insistente necesidad de afirmarnos como individuos.

Todo esto representa, por supuesto, un problema. ¿Exactamente a qué individuo debe definir un gusto musical? ¿Podemos decir que somos cada uno de esos estadios musicales por los que hemos pasado? ¿O la suma de todos ellos? ¿Se trata acaso de un proceso de crecimiento que te lleva del «Rock en tu idioma» a Frank Zappa? Es fácil advertir que no sólo la música de nuestra vida ha cambiado sino también la forma en que describimos nuestro entusiasmo por una canción, nuestra decepción por un nuevo álbum. Todavía a los quince años, el gusto musical se expresaba en términos de una contusión (ya se sabe que «Seasons in the abyss» solo puede ser definida «como un golpe en la cabeza» y «Born dead» como «un golpe en el estómago»); después de los treinta es casi imposible no poner una pieza en relación con otras, con la historia de la música y dictaminar a mitad de un concierto «ese fue un fraseo típicamente coltranesco». En fin, que en la edad adulta es más sencillo decir si un álbum «te parece o no arriesgado» a decir si te gustó.

En mi niñez, yo empecé escuchando música clásica porque era muy barato conseguir cassettes de Brahms y Beethoven (y siendo entonces más antisocial que ahora, tenía únicamente el tomo 4 de la Enciclopedia Larousse para leer recomendaciones). En la secundaria descubrí el metal y, si Leonard Bernstein hubiera estado cerca, hubiera creído que eso era tanto como dejar a Shakespeare para leer revistas pulp. (Es decir, era una forma muy extraña de crecer musicalmente). Pero en realidad sucedió que descubrí que existía la gente de mi edad. Para quienes fuimos metaleros, la combinación de distorsión y doble bombo sale a la superficie cada tanto para recordarnos que todavía sobrevive en nosotros algo de aquel muchacho melodramático que tocaba «El infierno de Dante» en una guitarra de Paracho. Se trataba de una música que nos decía algo más que la poesía rudimentaria de sus letras. El sonido ponchado —un efecto que se obtenía bajando la afinación de las cuerdas a un grado que hacía indistinguible un acorde del siguiente— era más significativo que su lirismo al nivel de «en calles fangosas de sangre / donde mueren los poetas». Era ese «ruido de acompañamiento» el que nos ligaba de mejor modo con nuestra generación. No tanto el talento poético de los compositores metaleros sino la machacona ejecución de los músicos.

Ese convencimiento ensancha la manera de entender una canción. No lo que dice sino qué significa. Tomemos dos acordes de quinta: no hay nada necesariamente rebelde en ese Re seguido de ese Re sostenido, pero su aparición en nuestras vidas produjo tal efecto que ahora no podemos verlos simplemente como dos conjuntos de notas que han sido hermanados cientos de veces desde que Tony Iommi, o alguno de ellos, lo hizo por primera vez. Es la historia que acompaña su aparición en nuestra biografía lo que vuelve indispensable a un riff ruidoso y no a otro. Y esos elementos biográficos han tenido mucha mayor influencia en nuestro subconsciente que los supuestos mensajes subliminales en los discos. Los cristianos paranoicos buscaron en el lugar equivocado al momento de desentrañar por qué nos habíamos convertido en tan malas personas.

Recuerdo una canción de metal pesado de mi adolescencia, cuyo título, si mal no recuerdo, era «Viene Satán». Aunque no supiera inglés, la voz del cantante sugería algunas encendidas alabanzas al ángel caído. Años después, encontré una traducción fiel de la letra:

Viene Satán
Viene Satán
Limpia tu cuarto
Viene Satán
Lávate los dientes
Viene Satán
Haz más ejercicio
Viene Satán

Me sentí, por supuesto, defraudado. En particular porque la canción había constituido un fuerte vínculo de resistencia con mis compañeros de la secundaria marista, en una época en la que estábamos obligados a cantar «Confiad, recurrid» todos los días. Con los años supe entender que el resentimiento expresado por la música podía ser más real que el que podíamos adivinar en su letra. Comprendí que «Viene Satán» no era parte de mi vida por su mensaje o «plan musical» sino por necesidad. A los trece años, obligado por mis calificaciones a servir de monaguillo en las misas mensuales de la escuela, requería una canción satánica. No la mayor blasfemia que fuera posible escribir a 240 pulsaciones por minuto sino aquella que estuviera disponible en esos momentos.

Ese tipo de relaciones musicales con el mundo terminan por formarnos en la medida en que sentimos que el mundo —del transporte urbano al karaoke de los vecinos— parece estar empeñado en privilegiar las canciones feas. En esas circunstancias, no es difícil sentir que la mayoría de la música es una basura y abrazar el apostolado del buen gusto, confinándolo a parcelas cada vez más pequeñas. Al ruido del mundo hemos opuesto el ruido que nos identifica, no sólo en el sentido de lo que consideramos más nuestro, sino de lo que consideramos mejor. Y ese rasgo de enfrentamiento entre el hombre solitario y su entorno —una demostración de temple que solemos asociar al heroísmo— evidencia lo que pensamos del entorno, es decir, de la música del mundo. Esto quiere decir que para imaginar quiénes somos es muy práctico pensar en todos los géneros musicales, en el catálogo amplísimo, que podríamos, sin mayor recato, enviar al botadero de la historia. Amar un estilo hasta la pasión se ha vuelto menospreciar otros. Pero no se trata sólo de gusto musical, nivel de exigencia u oído entrenado sino de marcar una distancia con quienes aman esas otras manifestaciones musicales. «Si algún día nos meten en la cárcel por descargar música —dice un popular meme—, sólo pido que nos separen por géneros musicales». La mala música —esa otra definición del infierno— son los otros.

Pocas cosas nos hacen sentir tan bien como estar convencidos de que nos oponemos a las arbitrariedades musicales del mundo. Y en ese sentido no somos muy distintos de aquellos críticos que en el siglo XIX defendían la música de sus propios países (la frase que en 1839 escribió un crítico alemán puede resumir el pleito: «los alemanes crean música, los italianos la vulgarizan, los franceses la plagian y los ingleses pagan por ella»). Pero en términos objetivos casi todos trastabillamos al momento de esclarecer por qué la mala música nos produce animadversión más que indiferencia. En alguna parte de El alma de Hegel y las vacas de Wisconsin, Alessandro Baricco se pregunta: «¿Hay alguien que sepa acaso explicar de verdad por qué un joven que prefiere a Chopin en vez de a los U2 deba ser motivo de consuelo para la sociedad?» El orgullo que nos producen nuestras propias elecciones musicales tiene poco que ver con la música y más con cómo nos colocamos respecto a los otros oyentes.

La otra historia de nuestro crecimiento musical tendría que estar contada a través de todas aquellas figuras de quienes hemos querido diferenciarnos con el tiempo: nuestros padres, la gente que escucha canciones que puede silbar, los excompañeros que no pasaron del grunge de los noventa, los fans de los Beatles, los oficinistas que cantan a Arjona, los hippies que tocan tambores africanos en el cruce de avenida Revolución con Benjamín Franklin. Cómo vamos configurando como si fueran sensibilidades artísticas nuestros pequeños desprecios: también de eso trata una identidad. Quién diría que gusto y misantropía podrían fundirse un día. Quién diría.

Publicado originalmente en DIEZ4.

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Hay que leer o no leer

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Por OSCAR WILDE

Los libros pueden ser muy cómodamente divididos en tres clases:

I. Los libros que hay que leer, como las Cartas, de Cicerón; Suetonio; las Vidas de los pintores, de Vasari; la Autobiografía de Benvenuto Cellini; Sir John Mandeville; Marco Polo; las Memorias de San Simón; Mommsen, y (hasta que tengamos otra mejor) la Historia de Grecia, de Grote.

II. Los libros que hay que releer, como Platón y Keats en la esfera de la poesía, los maestros y no los menestrales en la esfera de la filosofía, los videntes y no los sabios.

III. Los libros que no hay que leer nunca, como las Estaciones de Thomson; la Italia de Rogers; las Evidencias, de Paley; todos los Santos Padres, con excepción de San Agustín; todo John Stuart Mill, excepto el Ensayo sobre la libertad; todo el teatro de Voltaire, sin excepción alguna; la Analogía, de Butler; el Aristóteles, de Grant; la Inglaterra, de Hume; la Historia de la filosofía, de Lewes; todos los libros de argumentación y todos aquellos en los que se intente probar algo.

La tercera clase es, con mucho, la más importante. Decir a las gentes lo que deben leer es generalmente inútil o perjudicial, porque la apreciación de la literatura es cuestión de temperamento y no de enseñanza.

No existe ningún manual del aprendiz del Parnaso y nada de lo que se puede aprender por medio de la enseñanza merece la pena ser aprendido. Pero decir a las gentes lo que no deben leer es cosa muy distinta y me atrevo a recomendar este tema a la comisión del proyecto de extensión universitaria.

Realmente es una de las necesidades que se dejan sentir, sobre todo, en este siglo en el que vivimos; un siglo en el que se lee tanto que ya no se tiene tiempo para admirar, y en el que se escribe tanto que no se tiene tiempo para pensar.

Quien escoja en el caos de nuestros modernos programas los «cien peores libros» y publique su lista, hará un verdadero y eterno favor a las generaciones futuras.

En El alma del hombre bajo el socialismo
y notas periodísticas (Público, 2010)

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Vidas de santas

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Los siguientes fragmentos provienen de la antología que Olalla Aguirre y Javier Azpeitia hicieron del Flos sanctorum (1599 y 1601), de Pedro de Ribadeneyra y que publicó Lengua de Trapo. De las santas que aparecen en el volumen no sobra decir que casi todas tenían «extremada belleza del cuerpo» y eran solicitadas por variados caballeros «por concurrir en ellas todas las partes que en una doncella se pueden desear». Sin embargo, estas virtuosas mujeres prefieren renegar de los placeres terrenales y asumir la vida de sacrificios que conlleva tomar a Jesucristo como esposo. Todas las protagonistas —pero con mayor insistencia, el autor de estas semblanzas— dan por hecho que la santidad exige soportar todo tipo de humillaciones, laceraciones y, en última instancia, la muerte. No deja de ser interesante el modelo de cristiana ejemplar al que responden estas historias. 

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1. Santa Petronila o ¿Qué es lo primero que le pones a hacer a una mujer una vez que la has curado de su parálisis?

Fue Petronila de extremada hermosura y gracia, y para que no se desvaneciese con ella y con la flor de la edad perdiese el fruto de la virtud, diole nuestro Señor una enfermedad larga y trabajosa. Dijeron a san Pedro [el apóstol, su padre] que por qué, sanando él a tantos enfermos con su sola sombra, no sanaba a su hija, que tenía paralítica en su casa, y, siendo piadoso para todos, para sola ella era cruel. Respondió el santo Padre:

—No es eso lo que le conviene a mi hija. Para bien de su alma le es necesario estar enferma, que muchas veces sana el alma, o no cae enferma, por la dolencia del cuerpo. Y para que veáis que dejarla en cama no es falta de poder en mí, sino sobra de amor y mirar por su bien: Levántate, Petronila —dijo— y sírvenos la mesa.

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2. Santa Eufrosina o El travestismo bien visto a los ojos de Dios o Un episodio de monjes con furores homosexuales

Habiendo primero recibido secretamente el hábito de religiosa, con las bendiciones que suele la Iglesia, de un santo monje que había venido a su casa, y aprovechándose de la ocasión que nuestro Señor le ofreció con la ausencia de su padre, inspirada (a lo que se puede creer) con especial instinto y espíritu del cielo (que sin él no fuera bueno hacer lo que hizo), Eufrosina determinó salirse de su casa y ponerse a salvo; y porque su padre era (como dijimos) era hombre poderoso y principal y sabía que la había de buscar por mar y por tierra y hacer tantas diligencias que no se podría encubrir, se desnudó del vestido de mujer, y con él de la flaqueza mujeril, y se vistió de hombre. Y dejando sus casas, criados y riquezas, se partió una noche secretamente y se vino al mismo monasterio de monjes en que vivía aquel santo viejo, por cuyas oraciones nuestro Señor le había dado a sus padres. Y para disimular mejor tomó nombre de Smaragdo […]

Pero el demonio, como vio que una doncella tierna y flaca le hacía tan cruda guerra y, cada día, con ánimo varonil y celestial, peleaba con él y le vencía, determinó de acometerla con mayores fuerzas […] Mas como el Señor, que la había escogido, le diese fuerzas para resistir y para triunfar del enemigo, viendo que por esta vía no podía, quiso derribarla por medio de los otros monjes, tentándolos y procurando que se le aficionasen torpemente por su extremada hermosura, sin saber que fuese mujer.

Vino a noticia del abad las tentaciones que padecían algunos monjes y el peligro que corrían, y para atajarle, como prudente y vigilante pastor, y quitar las ocasiones de turbación y escándalo, mandó a Smaragdo que se recogieses en una celda apartada, y que no saliese de ella ni tratase ni de comunicarse con nadie sino con Agapio, su maestro […]

Treinta y ocho años vivió en ese encerramiento y manera de vida Smaragdo, sin que ninguno pudiese entender que era Eufrosina.

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3. Santa Brígida de Escocia o Un pequeño antecedente de las pruebas de paternidad

Una mujer flaca y ruin parió un hijo y, para cubrir su maldad, echó la culpa a un santo obispo diciendo que había concebido de él. Llamola santa Brígida y le preguntó de quién era aquel hijo. Y ella, con mucha desenvoltura y desvergüenza, dijo que era del obispo. Entonces, Brígida hizo la señal de la cruz sobre la boca de la mujer, y al momento se le hinchó la lengua, y la cabeza. Hizo, así mismo, la cruz sobre la lengua del niño y preguntole quién era su padre. Y respondió el niño que no era el obispo sino un vil y desechado hombre. Y con esto se supo la verdad, y el obispo quedó con su honra, y la pobre mujer hizo penitencia de su pecado, y loaron todos al Señor.

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4. Santa Lutgardis o Puedo curar enfermedades, pero preferiría no hacerlo

Comenzó, pues, Lutgardis a darse a la oración y meditación de las cosas del cielo y abrazarse con Cristo crucificado con tanto fervor como si le tuviera vivo y presente. […] Y nuestro Señor le dio una gracia tan sigular que, tocando cualquier enfermo con su mano o con su saliva, luego sanaba. Y como por esta causa concurriese a ella gran multitud de enfermos para que los sanase, y la estorbasen su oración, se volvió a su esposo Jesucristo y le dijo:
—Señor, ¿para qué me habéis dado esta gracia, pues me estorba el estar con vos? Quitádmela y dame otra más provechosa para mí.
Y como el Señor le respondiese qué gracia quería, ella dijo:
—Vuestro corazón quiero, Señor.
Y el Señor:
—Pues yo también quiero el tuyo.
Y de ahí en adelante quedó el corazón de Cristo tan unido y tan impreso en el corazón de la virgen que ni tuvo movimiento sensual ni pensamiento torpe por un solo momento en toda la vida.

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¿Zoológico o circo?

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—Supón que te secuestran unos extraterrestres…

—Bien.

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…y te llevan en la nave matriz a su planeta. ¿Preferirías estar en su zoológico o en su circo?

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—Prefiero el zoológico…

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…Tendría un horario más flexible.

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—Con el circo puedes viajar y ver el planeta.

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—Tendría que disfrazarme, atravesar fuego… y meter sus cabecitas en mi boca.

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—Al menos es el mundo del espectáculo.

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—En el zoológico quizá me pongan a una mujer… para aparearme.

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—¿Y si no se interesa por ti?

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—Estaría igual que ahora

…pero viajando en una nave espacial.

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[Seinfeld, Temporada 8, Capítulo 3, «The Bizarro Jerry»]

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Maupassant y James miran a una mujer

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Aquel verano, Guy de Maupassant hizo una visita a Londres y Henry [James], que le había conocido en París, organizó en su honor una cena en Greenwich a la que invitó, entre otros, a [George] Du Maurier y Edmund Gosse. [...] Unos días, antes [de la reunión], Henry había almorzado con Maupassant en un elegante restaurante de Londres, y el francés le había violentado solicitando su ayuda para ligarse a una mujer sola, sentada a una mesa en el lado opuesto del comedor.

—Vaya a preguntarle si quiere sentarse con nosotros, Henry —dijo Maupassant. (Por suerte, los dos estaban hablando francés.)

—De ninguna manera, Guy —dijo Henry—. No sé quién es.

—Pues mándele una nota con el camarero. Dígale que nos gustaría conocerla.

—Desde luego que no.

—Lo haría yo, pero mi inglés no es demasiado bueno.

—Aquí no se pueden hacer estas cosas, Guy —objetó Henry—. Es imposible.

—¿Por qué no? —exigió Maupassant, escanciándose más vino, para consternación del camarero que aguardaba convencido de que este menester le correspondía a él—. Está disponible, sin duda. ¿Por qué, si no, está comiendo sola en un restaurante público?

—En este país hay una nueva especie de mujeres respetables, pero emancipadas, que reclaman algunas de las prerrogativas tradicionales de los hombres. Yo diría que esa mujer es una de ellas.

Maupassant resopló, sarcástico.

—Quiero una mujer —rezongó—. No una emancipada, sino una mujer corriente, con tal de que tenga una cara y un culo bonitos. No he estado con ninguna desde que estoy en Londres.

Henry sintió alivio al conseguir sacarle del restaurante sin armar una escena. Aquello confirmó todos sus prejuicios sobre los escritores franceses.

David Lodge, ¡El autor, el autor! (Anagrama, 2006)

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El «mejor día de sus vidas»

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Por CAITLIN MORAN

Las bodas son culpa nuestra, señoras. Cualquiera de los horrores que conllean está bajo nuestro feudo. ¿Y saben qué? No solo hemos fallado a la humanidad, sino que también nos hemos fallado a nosotras mismas.

Las bodas no son nada bueno para la mujer. Son un nido de víboras de despilfarro y desesperación. Y casi todo lo relacionado con ellas repercute negativamente en las personas que más las desean: nosotras. Nuestro amor por las bodas es un amor malo. No nos hace ningún bien. Acabará mal, dejándonos con una sensación de haber sido estafadas, y estar solas.

Siempre que pienso en una boda, me dan ganas de entrar corriendo en la iglesia, como Dustin Hoffman en El graduado, y gritar: «¡PAREN! ¡PAREN LAS BODAS!»

[…]

Las bodas son en esencia una ceremonia a la que las novias invitan a los novios en el último momento, justo después de decidir qué trío de pudín de chocolate se servirá, además. La mujer empieza a planear su boda a los cinco años, ¡por el amor de Dios! Cuando no tiene ni idea de con quién va a casarse, y solo se imagina un cuerpo de Action Man con el rostro convenientemente pixelado. En comparación a esa edad, el único acontecimiento futuro que planea un niño es cómo meter el gol de la victoria en la Copa del Mundo, al tiempo que toca el solo de guitarra de «November rain», de Guns N’ Roses.

Así resulta evidente que no es el mejor día de la vida del novio. Ni tampoco el mejor día de la vida de ningún invitado. Porque las bodas no son divertidas para los invitados. Es algo de lo que somos plenamente consciente cuando estamos entre los invitados (a quinientos kilómetros de casa, envueltas en una pashmina, sosteniendo una charla incómoda con un beodo de ojos llorosos en la mesa que llamaban «La Escoria» al organizar la disposición de los invitados…), pero que olvidamos al instante cuando empezamos a planear nuestra propia boda.

[…]

Cuando oigo que una mujer dice que el día de su boda va a ser/fue el mejor de su vida, no puedo evitar pensar: «No has tomado suficiente éxtasis en un prado a las tres de la mañana, cielo.»

Todas las bodas parecen reducirse a actuar como Michael Jackson en el cenit de su demencia: fingir ser famosa un solo día demencialmente caro. Y todos sabemos por qué los famosos tienen monos domesticados, zapatos absurdos, el esqueleto del Hombre Elefante, un parque de atracciones, piscinas con forma de guitarra. PORQUE SE ESTÁN MURIENDO POR DENTRO. ESTÁN CONTEMPLANDO EL VACÍO. Han visto por unos instantes su propia intrascendencia, como una mota en un universo infinito, y su respuesta ha sido contratar a alguien que se ocupe de pelearse con el popote de su bebida. Casi siempre sentimos lástima de estos individuos, que nos parecen unos pobres idiotas.

Y, sin embargo, las mujeres consideran un «premio» pasar un día desorbitadamente caro comportándose como esos gilipollas, en vez de hacer gala de estoicismo, sentar la cabeza y no volver a tener otro día «especial» jamás. Por supuesto, no volver a tener otro día especial jamás se debe en gran parte al hecho de haber malgastado veintiuna mil libras en dieciséis mil volovanes y un grupo de light jazz; pero el simbolismo de todo ello es insoportablemente potente.

En cuestiones así, hay que fijarse en los hombres. ¿Tienen ellos un día especial en el que se sientan los reyes del mundo, y luego vuelven a una vida llena de trabajo y monotonía? No. Ellos salen y hacen lo que quieren continuamente: como señaló Germaine Greer en La mujer completa, llenan su tiempo libre de actividades agradablemente improductivas como pescar, jugar al golf, escuchar discos, jugar en las Xbox o hacerse pasar por duendes en World of Warcraft. No tienen esa necesidad lunática y reprimida de pasar un día fingiendo ser la Princesa Diana (en sus buenos tiempos, claro. No en la época de tirarse-sola-por-las-escaleras. O en la que llega Camila y lo estropea todo).

Las mujeres, mientras tanto, pasan su tiempo libre haciéndose cargo de una lista interminable de mejoras personales y tareas domésticas: arreglar la casa, los deberes de los niños, dar consejos, desparasitar al gato, hacer ejercicios pélvicos en el suelo, intentar ser creativa con el repollo y quitarse los pelos que salen hacia dentro… En cierto modo apaciguadas por tener ese «mejor día de sus vidas».

Seguramente, señoras, cambiaríamos felices un día «especial» por una vida más llena de pequeños placeres, ¿no es así?

O quizás solo deberíamos desechar la idea de casarnos en primer lugar. Por lo general, estoy en contra de cualquier cosa que te obligue a cambiar de nombre. ¿En qué situaciones ocurre esto? Cuando ingresas en un convento o te haces estrella del porno. Y, para una ostensiblemente gozosa celebración del amor, me parecen una mala compañía.

En Cómo ser mujer, Anagrama, 2013.

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La recta y el punto: una separación matemática

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(Una fanfic de La recta y el punto de Norton Juster)

«Y pronto la recta y el punto pudieron hacer figuras juntos, gracias a lo cual vivieron, si no dichosos para siempre…»

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O quizás no tan razonablemente felices. Hubo una época en que la recta sentía la necesidad de más espacio. Consideraba que su amor por el punto, por más tardes milimétricamente compartidas, al final le provocaba un poco de asfixia. Y que había una escandalosa falta de proporción en lo que cada uno aportaba a ese noviazgo.

Ella había aprendido las variadas artes de hacer figuras y al punto le bastaba simplemente con ser un punto. Y era así, egocéntrico y perfecto, desde la primera vez que lo había visto. En las discusiones políticas la recta podía inclinarse, ya sea radical o moderadamente, hacia la izquierda o hacia la derecha, y la postura era tan notoria que, con frecuencia, el punto no sentía la necesidad de prestarle atención a sus palabras.

El punto en cambio parecía mantenerse siempre en la misma actitud. No era precisamente un moderado: solo era difícil adivinar qué pensaba. Eso era lo injusto: que ella podía hacer evidente el ángulo con el que tomaba las cosas.

Con estos ángulos, por ejemplo, hacía comentarios sobre la iniciativa para leer a más mujeres y sobre la posibilidad de que centenas de piezas de arte contemporáneo en los museos fueran en realidad un fraude:

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Y estos ángulos le servían para hablar sobre los derechos de los animales, los supuestos daños que el queso puede hacerle a un cuerpo sano, la validez científica del psicoanálisis o la espinosa cuestión de si el Estado debe subsidiar los gustos literarios de las élites:

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El punto, en cambio, parecía no tener puntos de vista.

Tenía esta postura sobre el posmachismo, los transgénicos y la tesis de que «lo urgente no es aumentar los salarios mínimos sino incrementar la productividad»:

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Y esta sobre el fracking, el matrimonio igualitario y la literatura mundial:

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Y, a decir verdad, la recta no estaba del todo segura de que el punto no estuviera adoptando un tono irónico al momento de emitir una opinión.

El punto, por su parte, también tenía sus reclamos. Para él, todas esas maneras que la recta tenía de expresarse —«decálogos, paralelepípedos, tetragramas»— eran más bien calculados disfraces que la recta utilizaba para no ser auténticamente ella. «¿Lo entiendes? Tampoco es que sea muy honesto de tu parte.» «Decágonos» le corregía la recta, que en ese momento lucía más rígida que de costumbre. «Decágonos entonces», decía el punto, que quería siempre ser el último en las discusiones.

«¿No eras tú el que años atrás me decía “Vuelve a hacer esas lindas figuras, querida”?», volvió la recta tras una pausa.

«No prolongues la discusión indefinidamente —y en ambos sentidos— como es tu costumbre», respondía el otro.

Cierto día el punto le confió a un amigo: «Pese a lo que aparenta es una inflexible.»

Y una amiga le reclamó a la recta: «Te dijimos que le faltaba profundidad.»

La siguiente vez que la recta le pidió más espacio, el punto le respondió con una provocación:

«¿Y por qué no te sales del plano?»

La recta entendió que era una forma cínica de decir: «Y a ver cómo te va.»

Y se fue. Y pensó que quizás ya era momento comportarse de una manera distinta a como lo venía haciendo.

Casi al mismo tiempo que la recta buscaba un mejor lugar para vivir, en el mundo de afuera, unos señores andaban dando origen a algo llamado geometría no euclidiana.

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Moraleja: Escribir metáforas optimistas del amor con rectas y puntos funciona mejor si la geometría es plana.

No sé qué quise decir con lo anterior.

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