Hallazgos diversos (2)

Kinsey

1. Opinión de G. W. Corner sobre Alfred Kinsey, a quien respaldó académicamente ante el Comité de Investigación sobre Problemas Sexuales de la Universidad de Indiana:

«Es la persona más intensa que jamás haya conocido fuera de una institución psiquiátrica.»


2. Obras de Corín Tellado que decía tener Guillermo Cabrera Infante:

Eres mi esposa
Es mi marido

Me casé con él

Me casé con ella

Mi boda contigo

Se busca esposa

La boda de Ivonne

El amor llegó más tarde

No te enamores

Muchacha

Mi esposo me abandona

Luz roja para el amor

Adorable esclavitud

Lo inesperado

El profesor de la felicidad

Te quiero de esta manera

Andrés y ella

Has de ser tú

El padrino de mi hermano

Él cambió mi vida

La doncella de mamá

Mi hija Nancy

El matrimonio de Myriam
Las noches de Audrey

Una hora contigo

Aquel descubrimiento

Mis pretendientes

Los jueves de Leila

Deseo un millonario

Ya es tarde para amar

Caprichos de millonaria

Raquel no esperes

La casa de los solteros

Ella y los tres

Ana y el chofe
r
El amigo de mi marido

Eso no se olvida

La indecisión de Leila

Ella y su jefe
Lo encontré así


3. Opinión de Montaigne sobre los penes dibujados en las paredes:

«¡Cuánto daño no habrán hecho esos dibujos enormes que los chicos suelen hacer en los callejones y las escalinatas de los palacios! A partir de ellos, las mujeres adquieren un cruel desdén por nuestra capacidad natural.»


4. Argumento de la película porno Two Hearts, de Candida Royalle:

«Un tipo tiene tatuado el sentido de la vida en su pene erecto. Por desgracia no hay quien se lo levante (y el buen hombre no se aviene a revelar el texto), con lo que se hace necesario un desfile de chicas buenas con inquietudes existenciales para sonsacarle todas las letras.»


5. Sucesión de matrimonios de Oliver Hardy y Stan Laurel, mejor conocidos como el Gordo y el Flaco:

«La primera esposa de Hardy fue Madelyn Salushin. Se divorció de ella para casarse con Myrtle Reeves. Laurel se divorció de Mae, se volvió a casar con ella y luego se volvió a divorciar para casarse con Lois Neilson Ozmun. Hardy se divorció de Madelyn. Laurel se divorció de Lois y luego se casó con Virginia Ruth Rogeres, no una, sino dos veces. Hardy se casó con otra mujer que también se llamaba Myrtle y luego se divorció de ella. Laurel pasó dos años de pleitos por el divorcio con Virginia Ruth. Luego se casó con Vera Ivanova Shuvalova, conocida como Illiana, no una, sino tres veces. Luego se divorciaron. Hardy se casó con Lucille Virginia Jones. Luego Laurel se volvió a casar con Virginia Ruth y se divorció de ella cinco años después y se casó con Ida Kitaeva. Todos estos hechos tuvieron lugar entre 1923 y 1946.»


Fuentes:

1. Thomas Maier, Master of sex (Suma de letras, 2014); 2. Guillermo Cabrera Infante, Infantería (FCE, 1999); 3. Sarah Bakewell, Cómo vivir o Una vida con Montaigne (Ariel, 2011); 4. Mary Roach, Entre piernas. La extraordinaria cópula de ciencia y sexo (Global Rhythm, 2011); 5. Paul Johnson, Humoristas (Ático de Libros, 2012).

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Ese oscuro target del deseo

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No puedo con la palabra «deseo». En algún momento el vocablo fue emponzoñado por el pop y el melodrama y su carga llena de gradaciones —sexuales y no— se vio reducida a una forma permisible de hablar de cosas sucias. Se volvió parte del lenguaje, entre aséptico e hipócrita, con que la televisión de la tarde trata la vida real, algo que ya había sucedido con otras expresiones como «hagamos el amor». Ahora ambas son impronunciables, a menos que formen parte del guión de una telenovela.

Entiendo que, en su sentido más amplio, «deseo» englobe matices de la pasión humana respecto a anhelar algo lejos de nuestro alcance, con especial énfasis en la ambigüedad de ese «algo» (persona, objeto, situación mundial) y de las circunstancias (orden social, salario, la condición humana, etc.) por las cuales o no puede ser obtenido o solo puede ser satisfecho de manera fugaz. Sin embargo, si algo me intriga es saber a qué hora las mesas de libros se llenaron de deseosos. Bueno, sí, lo sospecho: «deseo» es un sustantivo limpio pero sugerente, creíble, corto, vende bien. La pregunta se vuelve más interesante si decimos: ¿a qué idea general de deseo obedecen esos libros? Para alcanzar una respuesta con el mínimo de rigor científico me propuse el siguiente

EXPERIMENTO 

Escribí «deseo» en el buscador online de una de las librerías más grandes del país (gandhi.com.mx). Mi intención era saber qué género libresco explotaba con mayor frecuencia la palabra «deseo» principalmente desde el título. Mis resultados fueron los siguientes:

Relatos Infantiles: 8 (no le va mal a los niños: los autores que hablan de deseos, cumplidos o por cumplirse, son William Faulkner, Michael Ende, Charles Perrault y Juan Villoro, aunque la lista también incluye a los Backyardigans).

Literatura seria: 7 (Tennesse Williams, Eugene O’Neill, Philip Roth y esa gente).

Ofertas engañosas: 1 (Lust, la novela de Elfriede Jelinek, cuya traducción del alemán sería “Lujuria” y que en español fue publicada con el título de Deseo. Una inexactitud, por decir lo menos, tomando en cuenta el tipo de cosas que suelen acontecer en las narraciones de Jelinek).

Estudios históricos, filosóficos, sociológicos y psicológicos: 10

Desarrollo humano, manuales prácticos para sacar partido del carácter irracional del deseo en tu empresa y en tus relaciones interpersonales: 8

Romance, erotismo y porno light: 82

Una gráfica del público al que las editoriales quieren dirigir estos libros mostraría la situación de este modo (he tomado el «modelo familiar» con el propósito de ilustrar cómo lo vería un departamento de marketing):

Mercado del deseo

Este análisis, que no pretende ser exhaustivo, puede resumirse en la petición que hiciera Hernán Casciari, tras su examen de la televisión vespertina española: ¡Salva a tu madre! Si a alguien quieren hacer consumir dosis incontenibles de deseo es precisamente ella. Pero eso es apenas la punta del iceberg. Lo que los lectores de estos libros genéricos están aprendiendo del deseo, basándonos apenas en los títulos a su disposición, es lo siguiente:

El momento propicio: Deseos al anochecerUna noche de deseo.

Los lugares favorables: Deseo en el desiertoIsla del deseoDeseo en la ToscanaLa jungla del deseo.

Las personas propensas a su influjo: El deseo del millonario, El deseo del jequeEl deseo del conde.

Los calificativos que merece y las formas en que suele manifestarse: Deseo inocenteDeseo salvajeDeseo ardienteOscuros deseosDeseos irresistiblesPuro deseoTan veloz como el deseoDeseo por contrato.

Su carácter irrefrenable:Desafiando el deseoEspiral de deseoAtrapados en el deseo, Encerrados con el deseo, En las profundidades del deseo, La furia del deseo, Encadenados en el deseo, En brazos del deseo, La libertad del deseo, Hambrientos de deseo, Torturados por el deseo, El deseo nunca muere.

Los vínculos que acostumbra entablar con otros aspectos de la vida: Honor y deseo, Deseo y engaño, Entre la obligación y el deseo, Entre la verdad y el deseo, Deseo y venganza, Inocencia y deseo. 

En estas páginas, son las chicas jóvenes, las esposas decepcionadas, los divorciados millonarios, los vacacionistas calientes, los abogados con dilemas éticos, las profesionistas insatisfechas con el simple éxito laboral, quienes mejor encarnan las posibilidades del deseo. El cálculo con que personajes de esa índole les está permitido desear consolida la imagen del deseo como un bien de clase. Del mismo modo que una salida de caza es la experiencia más cercana que ciertas personas de bien van a experimentar del asesinato, lo que ofrecen estos libros es una suerte de lujuria deportiva.

De eso se trata «desear» en estos tiempos: la pasión sin rasguños, todos bien. Alguien incluso podría terminar firmando un acta de matrimonio poco antes de llegar al colofón.

Una vez que hemos empezado a jalar el hilo del erotismo inofensivo es difícil detenerse. Si analizamos la lista de títulos más vendidos en el país (y algo similar ocurre en el mundo) encontramos que Cincuenta sombras de Grey, su continuación Cincuenta sombras más oscuras y su tercera parte, Cincuenta sombras liberadas, han acaparado durante meses los primeros lugares En 2012 esta saga llevó a E. L. James a ser la autora británica más leída en el mundo, con unos 20 millones de ejemplares. Por si no sabes de qué van estos libros (o viviste los últimos veinte años en una torre), en la saga de Grey, hay una joven estudiante de literatura —Anastasia «demasiado pálida, demasiado delgada, demasiado desaliñada» Steele— y un hombre millonario —Christian «El David de Miguel Ángel no tiene nada que hacer a su lado» Grey— que la conduce por los caminos del sadomasoquismo. El éxito de la trilogía descubrió que millones de lectoras podían aceptar historias de sumisión y dominio a cambio de que los hombres fueran innegablemente atractivos, esto último para tolerar cualquier acción que en otro ámbito les hubiera parecido denigrante. Esa manera protegida de bucear en el supuesto lado oscuro del ser humano parte de la premisa de que los buenos libros eróticos, o al menos los memorables, nos reconcilian con nuestra parte perversa y mezquina y terrible. Aunque, creo yo, lo que quizás realmente hagan los buenos libros sea poner en conflicto todas aquellas partes que antes creíamos en armonía.

Ayuda a la trama que Anastasia no sea una persona muy lista. Es el tipo de chica que cuando un millonario enigmático la conduce a un cuarto donde hay «una gran X de madera, de caoba muy brillante, con esposas en los extremos para sujetarse» y por encima «una gran rejilla de hierro suspendida del techo, como mínimo de dos metros cuadrados, de la que cuelgan todo tipo de cuerdas, cadenas y grilletes brillantes», se mantiene inalterable, pero si en el camino se encuentra con un látigo de tiras entra «en estado de shock».

—¿Eres un sádico? —le pregunta ella, una vez que ha logrado unir algunas pistas.
—Soy un Amo —responde Grey

Pero la corrección va más allá de la forma en que los personajes se refieren a hechos comunes, como tener sexo o disfrutar el dolor ajeno. Para ser un libro sobre el aprendizaje del sometimiento hay demasiado espacio para la negociación. Como si las fantasías solo debieran liberarse bajo estrictas medidas de seguridad social y corporal. En las ficciones cómodas del deseo —en Cincuenta sombras de Grey, por ejemplo— no se juega con el fuego, los ahogamientos o el instrumental médico ginecológico, no hay actos que dejen marcas permanentes en la piel, el sadomasoquismo es seguro, los editores han certificado que todos los participantes eran mayores de edad cuando decidieron frotarse unos con otros. Si tenemos bases suficientemente sólidas para sentirnos a salvo, el libro va a ser legible incluso para señoras y señores conservadores, no importa si hay escenas carnales, o alguien utilizó un látigo de tiras para azotar a la protagonista y la joven estudiante de literatura descubrió que había algo placentero en ser humillada.

Nada se mueve o se altera en el lector, aunque persista la ilusión de estar ante un pequeño artefacto que libera nuestras más profundas fantasías. En estos casos, resulta útil desconfiar de un libro «deseoso» que sólo ofrece recorridos turísticos por el lado oscuro y, en general, de toda lectura que prometa, más que extravíos, felices retornos.

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Quiniela de la semana

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30 julio 2014 · 10:40 am

El blues de Rosario de la Peña

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Letra: Manuel Acuña.
Música: Los Magníficos Inéditos.

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Hallazgos diversos

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1. Anotación escénica de Richard Wagner en el primer acto de La Valquiria:

«Siegmund atrae a su hermana Sieglinde hacia sí con pasión furiosa, ella se hunde en el pecho con un grito. El telón cae rápidamente.»

Anotación de un escandalizado Schopenhauer en el margen de la copia que Wagner le envió:

«¡Y justo a tiempo!»

 

2. Informe que la matemática Julia Robinson presentó sobre su trabajo semanal en el laboratorio de estadística, a donde había ido a parar por las conservadoras reglas de la Universidad de Berkeley:

«Lunes, intento demostrar un teorema. Martes, intento demostrar un teorema. Miércoles, intento demostrar un teorema. Jueves, intento demostrar un teorema. Viernes: teorema falso.»


3. Definición de «Aguaxima», en la Enciclopedia de Diderot y D’Alembert:

AGUAXIMA (Histo. Natu. Bot.), una planta que crece en Brasil y en las islas de América Central. Esto es todo cuanto se nos dice de ella. Y a mí me gustaría saber para quién se hacen descripciones como esta. No puede ser para los nativos de la región, quienes obviamente conocen más características de la aguaxima que las que incluye esta descripción y que no tienen mayor necesidad de ser informados de lo que crece en su propia tierra: sería como decirles que el peral crece en Francia y en Alemania. Tampoco está hecha para nosotros; porque ¿qué puede importarnos que crezca en Brasil un árbol llamado aguaxima, del que desconocemos todo salvo el nombre? [...] Si menciono esta planta, y varias otras igualmente mal descritas, es en atención a aquellos lectores que prefieren no encontrar nada en un artículo del Diccionario, o incluso encontrar una estupidez, a echar de menos el artículo en cuestión.


4. Cómo reconocer a un poeta, según Luis Alfonso de Carvallo (Cisne de Apolo, de las excelencias y dignidad y todo lo que al arte poética y versificatoria pertenece, 1602):

«El que hubiere de ser Poeta ha de estar en el tercero grado de calor… sus costumbres serán ánimo, liberalidad, inclinado a las mujeres, y el andar será con muy buena gracia y donaire; la habla será abultada y algo áspera; tendrán pocas carnes, duras, ásperas y nervosas, las venas anchas; el color moreno, tostado, verdinegro y cenizoso; el cabello y la barba y vello, grueso, tieso, áspero y tostado; la cara no muy hermosa.»


5. Definición del delito de necrofilia en la legislación de Minnesota:

«el contacto carnal con un cuerpo muerto»

Definición del delito de necrofilia en la legislación de Nevada:

«la práctica del cuninlingus, la felación o el abuso de cualquier otra parte del cuerpo, así como la manipulación o la inserción de cualquier objeto en las cavidades genitales o anales del cuerpo, cuando estos actos se realizan en el cadáver de otro ser humano»


Fuentes:

1.Tim Blanning, El triunfo de la música (Acantilado, 2011); 2. Marcus du Sautoy, La música de los números primos (Acantilado, 2007); 3. Philipp Blom, Encyclopédie (Anagrama, 2007); 4. Luis Alfonso de Carvallo, Cisne de Apolo (aquí); 5. Mary Roach, Fiambres (Global Rhythm, 2007).

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Política para Ignatieff

Michael Ignatieff

El ingreso de Michael Ignatieff a la arena política inicia como en una novela de conspiración: con la visita de tres hombres de negro a la ciudad donde él se encontraba dando clase. En 2004, Ignatieff era un reconocido e influyente intelectual y había sido profesor de ciencias políticas en algunas de las más reconocidas universidades británicas y estadounidenses. Llevaba treinta años viviendo fuera de Canadá y en el momento de la visita impartía política internacional en la Kennedy School of Goverment, en Cambridge, Massachusetts. Uno de los hombres de negro fue directamente al grano: ¿Estaría dispuesto a considerar el regreso a Canadá para presentarse como candidato por el Partido Liberal? La pregunta lo tomó por sorpresa, pero la duda auténtica estaba más allá de si sentía preparado para aceptar el desafío —los políticos habían sido su objeto de estudio toda su vida— sino en si tenía motivaciones suficientes para hacerlo. Después de pensarlo largamente dijo que sí. La iniciación fue brutal; ninguno de los muchos años dedicados al estudio de las ideas políticas lo había preparado para su práctica, para el esfuerzo que suponía recorrer de este a oeste un país de seis husos horarios intentando convencer a los votantes. Fuego y cenizas (Taurus, 2014) es la crónica de ese agotador aprendizaje, un testimonio honesto y autocrítico de lo que significa en los países democráticos la «política real», no la que se discute en las aulas. Entre otras valiosas lecciones, Ignatieff aprendió que:

1. «Un intelectual puede estar interesado en las ideas y las políticas en sí mismas, pero el interés de un político reside exclusivamente en saber si el tiempo para una determinada idea ha llegado o no. [...] Lo que calificamos como suerte en política es en realidad un don para apreciar el momento exacto, para saber cuándo actuar y cuándo esperar una oportunidad mejor. [...] Un político inteligente entiende que lo único que puede hacer es explotar los acontecimientos en su propio beneficio. Aunque siempre se califica a los políticos de oportunistas, el arte de la política consiste esencialmente en ser un maestro del oportunismo. Un torpe oportunista político no es más que alguien incapaz de ocultar que está aprovechando una oportunidad. Un oportunista hábil, por el contrario, es alguien que sabe persuadir al público de que ha sido él quien ha creado la oportunidad.»

2. «Posicionarse no es lo mismo que adoptar una posición. No se trata de abordar el fondo de una cuestión o de redactar un documento que responda a la complejidad de la situación. No se necesita ser un experto para poder posicionarse. Posicionarse tiene que ver con ocupar un lugar en el espectro político, diferenciándote de tus adversarios sin molestar a demasiada gente. Posicionarte implica alinear tu posición pública con la de aquellos que quieres ganar para tu causa.»

3. «Cuanto más tiempo dejes sin contestar un ataque, más dañino será, y si rechazas otorgar dignidad a los ataques a través de una respuesta, ello implica que te has dado por vencido. La dignidad no tiene ningún papel. Si no te defiendes, la gente piensa que eres culpable de lo que se te acusa o que eres demasiado débil para luchar. Después de todo, si no das la cara por ti mismo, no la darás por ellos tampoco. Esta es la forma en que pierdes tu derecho a ser escuchado por tus votantes.»

4. «El derecho a ser escuchado (standing) es una expresión jurídica que significa poder testificar ante un tribunal. Los jueces deciden quién posee este derecho, al regularlo para controlar sus tribunales y mantener los límites entre las leyes y la política. En la vida cotidiana, utilizamos la expresión para otorgar respeto a ciertas formas de autoridad personal. […] Otorgar este derecho a alguien no implica mostrar deferencia, sino respeto democrático.
Cuando entras en política, lo primero que debes hacer es asegurarte de que posees el derecho a ser escuchado y la autoridad para defender tu postura. […] Sin embargo, este derecho no es en realidad un derecho. Es un privilegio que los votantes le otorgan a uno. […] No hay nada en tus cargos pasados, en tu preparación o en tus éxitos previos que te hagan acreedor a él. […] Uno se ha de ganar este derecho, y los títulos no le otorgan a uno nada. […] Puedes ser elegido sin tener educación, carácter, encanto, popularidad, títulos universitarios o una cuenta corriente saneada, pero no puedes ser elegido sin poseer el derecho a ser escuchado.»

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¿Alguien, por favor, quiere pensar en los niños?

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El cuento comienza con un nacimiento. Ya se sabe que en ciertas tradiciones —en particular de la clase aristocrática— eso significa la visita entusiasta de tres o cuatro hadas y la furia de una más que no había sido invitada y que por lo general llega tarde, cuando los meseros ya están recogiendo los platos. Lo mismo sucede en esta historia. Las hadas buenas se presentan ante la recién nacida —que lleva el nombre de Hélène Elizabeth Louise Amélie Paula Dolores Poniatowska Amor—  para concederle inteligencia, belleza, elocuencia escrita y sentido de la justicia. El hada resentida aparece minutos después e, incapaz de romper el primer encantamiento, condena a la pequeña a vivir en el tercer mundo. «Sufrirá las injusticias ajenas», explica el hada, una vez que ha advertido un ligero tufo de «Y eso qué» entre los presentes.

Detalles más o detalles menos, con esto inicia La princesa Selenita, de Rafael Barajas «el Fisgón», el libro que pretende contar la vida y obra de Elena Poniatowska a modo de un cuento tradicional infantil, en el entendido de que un cuento se vuelve «para niños» cuando se sitúa en un castillo o acude al guardarropa de Maléfica para vestir a todos los personajes ruines que salen a escena. Puestas así las cosas no extraña que este libro —en un momento en que no faltan inteligentes reinvenciones del cuento de hadas tradicional— parezca más bien una cruza entre La vida de Santa Catalina de Siena contada a tus hijos y La bella durmiente del bosque.

Hay una larga tradición de hagiografías que llegan a nosotros como lecturas infantiles. En las vidas de santos podían faltar cruzadas sangrientas, cilicios especialmente punzantes o conversaciones con las bestias salvajes, pero nunca valores que el lector estaba en posibilidades de cultivar. El Santo Cura de Ars lo dijo en alguno de sus sermones: «Leamos sobre todo la vida de algún santo, donde veremos lo que ellos hacían para santificarse; esto nos alentará». Un espíritu afín parece animar La princesa Selenita: en sus páginas, el joven lector podrá identificar las virtudes que han hecho de Elenita —a quien la gente llamará «Selenita», dice el libro, por ser «un poco lunática»— alguien digno de ser imitado. Renunció a su nobleza, se volvió periodista, le dio voz a los pobres y a las mujeres, luchó por causas perdidas. ¿Cómo no querer ser así? Se trata de una buena lección cuando se tienen seis o siete años del mismo modo que lo es leer la vida de Santa María de la Cabeza a la misma edad. El problema de este libro es otro: esa idea simplista de que los cuentos para niños sirven para educar (y que esa alta misión pretexta cualquier cantidad de torpezas narrativas).

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(Arriba, fragmento del cómic sobre la vida de Santa Rosa de Lima, en ¡Sed santos…! Abrid las puertas a Cristo; abajo, página de La princesa Selenita.)

En «El cuentista», aquel divertidísimo relato de Saki, una señora intenta mantener a raya a sus tres pequeños sobrinos, para lo cual les cuenta una historia «poco animada y con una deplorable carencia de interés sobre una niña que era buena, que se hacía amiga de todos a causa de su bondad y que, al final, fue salvada de un toro enloquecido por numerosos rescatadores que admiraban su carácter moral.» «¿No la habrían salvado si no hubiera sido buena?», pregunta la mayor de las niñas. «Bueno, sí —admite la tía, poco convencida de su argumento—. Pero no creo que la hubieran socorrido muy deprisa si ella no les hubiera gustado mucho.» «Es la historia más tonta que he oído nunca», concluye la sobrina. En «El cuentista», Saki logra retratar con malicia el interés infantil por la ambigüedad moral y su renuencia a estar recibiendo lecciones todo el tiempo. Algo que Barajas parece no tomar en cuenta, incluso cuando ilustró uno de los relatos que mejor lleva a la práctica ese entendimiento de la niñez: La peor señora del mundo.

Al subestimar a su público La princesa Selenita subestima finalmente al género. De cierto es que aquí hay princesas y reyes y brujas y hadas, pero todo eso le sirve apenas a Barajas para disfrazar a algunas figuras públicas. A la tercera aparición los cuernos de Maléfica dejan de ridiculizar al personaje real y empiezan poco a poco a poner en ridículo al autor, que se muestra carente de registros humorísticos. Mientras otros escritores de literatura infantil han sabido jugar con la borrosa línea que separa el bien del mal (Hinojosa, Isol, Pullman, Lindgren, Snicket, Almond, la lista sería larguísima), «el Fisgón» parece regocijarse con un mundo donde los malos son perversos por decreto y los héroes llegan a ese estatus por oponerse a la maldad, siempre y cuando demuestren una templanza digna de San Simeón el Estilita. Lo peor, en todo caso, es que, al querer ser una alegoría de la vida mexicana en tiempos de Elena Poniatowska, La princesa Selenita necesita que la realidad de afuera cumpla una condición similar: gente buena que sufre versus gente horrible encargada de que la gente buena sufra. Y que el mundo sea solo eso.

Helen, la esposa del reverendo Alegría en Los Simpson, se hizo famosa por la frase «¿Alguien, por favor, quiere pensar en los niños?» Despojada de su moralismo original, la expresión resume en buena medida lo que sucede con La princesa Selenita y otras hagiografías que abrevan del relato infantil: les importan poco sus lectores.

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