Maupassant y James miran a una mujer

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Aquel verano, Guy de Maupassant hizo una visita a Londres y Henry [James], que le había conocido en París, organizó en su honor una cena en Greenwich a la que invitó, entre otros, a [George] Du Maurier y Edmund Gosse. [...] Unos días, antes [de la reunión], Henry había almorzado con Maupassant en un elegante restaurante de Londres, y el francés le había violentado solicitando su ayuda para ligarse a una mujer sola, sentada a una mesa en el lado opuesto del comedor.

—Vaya a preguntarle si quiere sentarse con nosotros, Henry —dijo Maupassant. (Por suerte, los dos estaban hablando francés.)

—De ninguna manera, Guy —dijo Henry—. No sé quién es.

—Pues mándele una nota con el camarero. Dígale que nos gustaría conocerla.

—Desde luego que no.

—Lo haría yo, pero mi inglés no es demasiado bueno.

—Aquí no se pueden hacer estas cosas, Guy —objetó Henry—. Es imposible.

—¿Por qué no? —exigió Maupassant, escanciándose más vino, para consternación del camarero que aguardaba convencido de que este menester le correspondía a él—. Está disponible, sin duda. ¿Por qué, si no, está comiendo sola en un restaurante público?

—En este país hay una nueva especie de mujeres respetables, pero emancipadas, que reclaman algunas de las prerrogativas tradicionales de los hombres. Yo diría que esa mujer es una de ellas.

Maupassant resopló, sarcástico.

—Quiero una mujer —rezongó—. No una emancipada, sino una mujer corriente, con tal de que tenga una cara y un culo bonitos. No he estado con ninguna desde que estoy en Londres.

Henry sintió alivio al conseguir sacarle del restaurante sin armar una escena. Aquello confirmó todos sus prejuicios sobre los escritores franceses.

David Lodge, ¡El autor, el autor! (Anagrama, 2006)

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El «mejor día de sus vidas»

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Por CAITLIN MORAN

Las bodas son culpa nuestra, señoras. Cualquiera de los horrores que conllean está bajo nuestro feudo. ¿Y saben qué? No solo hemos fallado a la humanidad, sino que también nos hemos fallado a nosotras mismas.

Las bodas no son nada bueno para la mujer. Son un nido de víboras de despilfarro y desesperación. Y casi todo lo relacionado con ellas repercute negativamente en las personas que más las desean: nosotras. Nuestro amor por las bodas es un amor malo. No nos hace ningún bien. Acabará mal, dejándonos con una sensación de haber sido estafadas, y estar solas.

Siempre que pienso en una boda, me dan ganas de entrar corriendo en la iglesia, como Dustin Hoffman en El graduado, y gritar: «¡PAREN! ¡PAREN LAS BODAS!»

[…]

Las bodas son en esencia una ceremonia a la que las novias invitan a los novios en el último momento, justo después de decidir qué trío de pudín de chocolate se servirá, además. La mujer empieza a planear su boda a los cinco años, ¡por el amor de Dios! Cuando no tiene ni idea de con quién va a casarse, y solo se imagina un cuerpo de Action Man con el rostro convenientemente pixelado. En comparación a esa edad, el único acontecimiento futuro que planea un niño es cómo meter el gol de la victoria en la Copa del Mundo, al tiempo que toca el solo de guitarra de «November rain», de Guns N’ Roses.

Así resulta evidente que no es el mejor día de la vida del novio. Ni tampoco el mejor día de la vida de ningún invitado. Porque las bodas no son divertidas para los invitados. Es algo de lo que somos plenamente consciente cuando estamos entre los invitados (a quinientos kilómetros de casa, envueltas en una pashmina, sosteniendo una charla incómoda con un beodo de ojos llorosos en la mesa que llamaban «La Escoria» al organizar la disposición de los invitados…), pero que olvidamos al instante cuando empezamos a planear nuestra propia boda.

[…]

Cuando oigo que una mujer dice que el día de su boda va a ser/fue el mejor de su vida, no puedo evitar pensar: «No has tomado suficiente éxtasis en un prado a las tres de la mañana, cielo.»

Todas las bodas parecen reducirse a actuar como Michael Jackson en el cenit de su demencia: fingir ser famosa un solo día demencialmente caro. Y todos sabemos por qué los famosos tienen monos domesticados, zapatos absurdos, el esqueleto del Hombre Elefante, un parque de atracciones, piscinas con forma de guitarra. PORQUE SE ESTÁN MURIENDO POR DENTRO. ESTÁN CONTEMPLANDO EL VACÍO. Han visto por unos instantes su propia intrascendencia, como una mota en un universo infinito, y su respuesta ha sido contratar a alguien que se ocupe de pelearse con el popote de su bebida. Casi siempre sentimos lástima de estos individuos, que nos parecen unos pobres idiotas.

Y, sin embargo, las mujeres consideran un «premio» pasar un día desorbitadamente caro comportándose como esos gilipollas, en vez de hacer gala de estoicismo, sentar la cabeza y no volver a tener otro día «especial» jamás. Por supuesto, no volver a tener otro día especial jamás se debe en gran parte al hecho de haber malgastado veintiuna mil libras en dieciséis mil volovanes y un grupo de light jazz; pero el simbolismo de todo ello es insoportablemente potente.

En cuestiones así, hay que fijarse en los hombres. ¿Tienen ellos un día especial en el que se sientan los reyes del mundo, y luego vuelven a una vida llena de trabajo y monotonía? No. Ellos salen y hacen lo que quieren continuamente: como señaló Germaine Greer en La mujer completa, llenan su tiempo libre de actividades agradablemente improductivas como pescar, jugar al golf, escuchar discos, jugar en las Xbox o hacerse pasar por duendes en World of Warcraft. No tienen esa necesidad lunática y reprimida de pasar un día fingiendo ser la Princesa Diana (en sus buenos tiempos, claro. No en la época de tirarse-sola-por-las-escaleras. O en la que llega Camila y lo estropea todo).

Las mujeres, mientras tanto, pasan su tiempo libre haciéndose cargo de una lista interminable de mejoras personales y tareas domésticas: arreglar la casa, los deberes de los niños, dar consejos, desparasitar al gato, hacer ejercicios pélvicos en el suelo, intentar ser creativa con el repollo y quitarse los pelos que salen hacia dentro… En cierto modo apaciguadas por tener ese «mejor día de sus vidas».

Seguramente, señoras, cambiaríamos felices un día «especial» por una vida más llena de pequeños placeres, ¿no es así?

O quizás solo deberíamos desechar la idea de casarnos en primer lugar. Por lo general, estoy en contra de cualquier cosa que te obligue a cambiar de nombre. ¿En qué situaciones ocurre esto? Cuando ingresas en un convento o te haces estrella del porno. Y, para una ostensiblemente gozosa celebración del amor, me parecen una mala compañía.

En Cómo ser mujer, Anagrama, 2013.

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La recta y el punto: una separación matemática

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(Una fanfic de La recta y el punto de Norton Juster)

«Y pronto la recta y el punto pudieron hacer figuras juntos, gracias a lo cual vivieron, si no dichosos para siempre…»

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O quizás no tan razonablemente felices. Hubo una época en que la recta sentía la necesidad de más espacio. Consideraba que su amor por el punto, por más tardes milimétricamente compartidas, al final le provocaba un poco de asfixia. Y que había una escandalosa falta de proporción en lo que cada uno aportaba a ese noviazgo.

Ella había aprendido las variadas artes de hacer figuras y al punto le bastaba simplemente con ser un punto. Y era así, egocéntrico y perfecto, desde la primera vez que lo había visto. En las discusiones políticas la recta podía inclinarse, ya sea radical o moderadamente, hacia la izquierda o hacia la derecha, y la postura era tan notoria que, con frecuencia, el punto no sentía la necesidad de prestarle atención a sus palabras.

El punto en cambio parecía mantenerse siempre en la misma actitud. No era precisamente un moderado: solo era difícil adivinar qué pensaba. Eso era lo injusto: que ella podía hacer evidente el ángulo con el que tomaba las cosas.

Con estos ángulos, por ejemplo, hacía comentarios sobre la iniciativa para leer a más mujeres y sobre la posibilidad de que centenas de piezas de arte contemporáneo en los museos fueran en realidad un fraude:

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Y estos ángulos le servían para hablar sobre los derechos de los animales, los supuestos daños que el queso puede hacerle a un cuerpo sano, la validez científica del psicoanálisis o la espinosa cuestión de si el Estado debe subsidiar los gustos literarios de las élites:

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El punto, en cambio, parecía no tener puntos de vista.

Tenía esta postura sobre el posmachismo, los transgénicos y la tesis de que «lo urgente no es aumentar los salarios mínimos sino incrementar la productividad»:

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Y esta sobre el fracking, el matrimonio igualitario y la literatura mundial:

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Y, a decir verdad, la recta no estaba del todo segura de que el punto no estuviera adoptando un tono irónico al momento de emitir una opinión.

El punto, por su parte, también tenía sus reclamos. Para él, todas esas maneras que la recta tenía de expresarse —«decálogos, paralelepípedos, tetragramas»— eran más bien calculados disfraces que la recta utilizaba para no ser auténticamente ella. «¿Lo entiendes? Tampoco es que sea muy honesto de tu parte.» «Decágonos» le corregía la recta, que en ese momento lucía más rígida que de costumbre. «Decágonos entonces», decía el punto, que quería siempre ser el último en las discusiones.

«¿No eras tú el que años atrás me decía “Vuelve a hacer esas lindas figuras, querida”?», volvió la recta tras una pausa.

«No prolongues la discusión indefinidamente —y en ambos sentidos— como es tu costumbre», respondía el otro.

Cierto día el punto le confió a un amigo: «Pese a lo que aparenta es una inflexible.»

Y una amiga le reclamó a la recta: «Te dijimos que le faltaba profundidad.»

La siguiente vez que la recta le pidió más espacio, el punto le respondió con una provocación:

«¿Y por qué no te sales del plano?»

La recta entendió que era una forma cínica de decir: «Y a ver cómo te va.»

Y se fue. Y pensó que quizás ya era momento comportarse de una manera distinta a como lo venía haciendo.

Casi al mismo tiempo que la recta buscaba un mejor lugar para vivir, en el mundo de afuera, unos señores andaban dando origen a algo llamado geometría no euclidiana.

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Moraleja: Escribir metáforas optimistas del amor con rectas y puntos funciona mejor si la geometría es plana.

No sé qué quise decir con lo anterior.

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Cinco formas de hacer una lista de libros que marcaron tu vida

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Marginal

1. Libro de autor desconocido.
2. Libro de autor desconocido.
3. Libro de autor desconocido.
4. Libro de autor desconocido.
5. Libro desconocido de autor conocido.
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Visiblemente autobiográfica

1. Clásico juvenil que te descubrió la literatura.
2. Novela no erótica que te descubrió el sexo.
3. Libro que llevaste a la clase donde les pidieron «objetos que los representaran».
4. Libro ligado al inicio de una relación.
5. Libro ligado al fin de una relación.
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Global

1. La Ilíada, la Odisea.
2. Anónimo chino del siglo XVI.
3. Novela de Europa del Este sobre gente que sufre.
4. Autor del Boom latinoamericano que es necesario reivindicar a pesar de su simpatía por la Revolución cubana.
5. El más reciente genio anglosajón que no ha cumplido la treintena.
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Ruda

1. Novela negra de corte nihilista que retrate a la sociedad a través de sus perdedores.
2. Novela sobre drogadictos, cuyas menciones a combinaciones químicas sean más numerosas que en una biografía de Lavoisier.
3. Libro de no ficción sobre algún tipo de comunidad relegada que ha desarrollado hábitos anticapitalistas absolutamente admirables mientras no se trate de tus vecinos.
4. Autobiografía de artista plástico que vivió en los muladares y murió de una enfermedad curable, a pesar de que hoy día una sola de sus obras se cotiza tan alto como para comprar un hospital.
5. Libro de Job.

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«Libre de corrección política»

1. Libro escrito por un hombre blanco heterosexual.
2. Libro escrito por un hombre blanco heterosexual.
3. Libro escrito por un hombre blanco heterosexual.
4. Libro escrito por un hombre blanco heterosexual.
5. Libro escrito por un hombre blanco heterosexual.

 

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«Lo que está mal en el mundo»

SopadeLetras

Este test se llama «Lo que está mal en el mundo». Las tres primeras palabras o combinaciones de palabras que encuentres son las que te han servido el último año para explicar CUALQUIER COSA que has leído en Internet.

Click en la imagen para ampliar.

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La sección amarilla de la literatura

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Nos hemos acostumbrado a ver a los escritores en fotografías tan tópicas —posando delante de un estante lleno de libros o acariciando a un gato— que hemos desestimado su imagen como gente que ha tenido que ganarse el sustento en labores que en poco o nada tienen que ver con recibir regalías. Trabajos forzados (Impedimenta, 2011) —el libro donde Daria Galateria rastrea las ocupaciones que permitieron a muchos novelistas y poetas subsistir en los tiempos difíciles y que, en no pocos casos, formaron su carácter— permite comprender que detrás de las grandes obras hubo también largas jornadas lejos de la máquina de escribir. De las labores diplomáticas, como las de Paul Morand, a los trabajos manuales, como el encordado de raquetas de tenis de Raymond Chandler, los oficios de los escritores pueden darnos pistas sobre la tensión siempre presente entre la vida y la escritura.

La sección amarilla de la literatura sorprende por su variedad: Boris Vian trompetista, Jack London policía de la patrulla pesquera, Italo Svevo industrial, Bruce Chatwin subastador, Jacques Prevert auxiliar de almacén, Charles Bukowski cartero. Aunque solo con Blaise Cendrars podrían llenarse varias páginas: fogonero, apicultor, saltimbanqui, pianista, cazador de ballenas, actor secundario para un montaje de la ópera Carmen, camarógrafo, asistente de joyero (imposible explicar su Prosa del Transiberiano sin tomar en cuenta su viaje a San Petersburgo para este último fin). Aún cuando pudiera pensarse que el trabajo resultó para los poetas y narradores una suerte de infierno, que les quitaba tiempo para hacer La Obra, hay que destacar a todos aquellos que cumplían cabalmente sus obligaciones, no solo con formalidad sino incluso con talento. De Franz Kafka agente de seguros, sus superiores decían que era «un empleado que trabaja mucho, dotado de un talento y de una dedicación excepcionales». De su labor en el banco, T. S. Eliot afirmaba que era el «trabajo más interesante del mundo», mucho más acogedor que su carrera como profesor universitario.

Dashiell Hammett trabajó como investigador privado para la Pinkerton National Detective Agency en Baltimore. Desmontó extorsiones, trasladó prisioneros, espió conversaciones entre criminales, pero también controló huelgas, en beneficio de las grandes empresas. Su frágil estado de salud lo orilló a un empleo menos rudo: la publicidad. Escribió anuncios para una joyería y teorizó incluso sobre la labor publicitaria. El otro astro de la novela negra en Estados Unidos, Raymond Chandler, desempeñó 36 trabajos antes de entrar como contador para una empresa petrolera, la Dabney, en donde rápido ascendió de asistente de contabilidad a subdirector. Era increíblemente bueno para las finanzas y de hecho, pudo jactarse de haber sido uno de los mejores mánagers del mundo. Tras su jubilación a los 44 años, se dedicó a escribir. La conexión más clara entre ese empleo y su ficción es la presencia en sus libros de ese mundo de ricos corruptos, al que servía en sus años de la Dabney.

Algunos escritores decidieron probar suerte en ámbitos no del todo ajenos a la venta de libros. Después de lograr el éxito como autora de novelas, Colette quiso hacer de su nombre una marca para productos de belleza. Su justificación resulta ahora impensable como eslogan de cremas antienvejecimiento: «Encuentro bellísimas a las mujeres cuando emergen bajo mis dedos de escritora; sé lo que hay que poner en la cara de una mujer tan aterrorizada, tan llena de esperanza, en su declive.» Pasó algún tiempo viajando y haciendo demostraciones de sus maquillajes. Los locales se llenaban de lectoras, sus viajes de promoción de cosméticos terminaban siendo conferencias literarias. Durante esas giras en perfumerías y almacenes no dejó de escribir, y hay quien piensa que ese periodo rodeada de personas comunes y corrientes benefició a su obra.

En ejemplos más poéticos, el mensaje de la literatura puede venir en horas de trabajo. Es lo que sucedió con Maxim Gorki, quien a los doce años se embarcó en el vapor Dobry como asistente de cocinero. Laboraba de las seis de la mañana a la medianoche, pero más allá del conocimiento de las miserias humanas que supuso (el vapor transportaba en una barcaza a gente obligada a realizar trabajos forzados), la jornada le llevó a leer numerosos libros. Smoury, el cocinero, amaba la lectura y hacía que el joven Gorki le leyera en voz alta aquellos títulos, incluso si eso significaba dejar de lado sus tareas de pinche. Ambos lloraron con Taras Bulba. Cuando Gorki fue despedido, el cocinero le hizo la siguiente recomendación: «Lee, lee libros; no hay nada mejor en el mundo.»

La lectura de Trabajos forzados abre otra posibilidad para entender los oficios como algo más que una mera labor de supervivencia. «El trabajo manual nos acerca a las personas», decía Kafka. Por la manera en que los grandes escritores transformaron su experiencia laboral en literatura, no estaría mal proponer una beca que en lugar de dar dinero para librar al joven escritor de los traumas del empleo, le consiguiera trabajos similares a los de Kafka, London, Cendrars, Hammett. Igual y así, el autor en ciernes descubre que la escritura necesita también de largas temporadas entre los seres humanos.

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Poema sonoro a partir de un disco de Maná

Mana

Con fragmentos de ¿Dónde jugarán los niños?

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